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24de agosto de 2008
"La simplicidad" “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños” (Lc 10:21)
Es digno meditar sobre un aspecto particular de la providencia de Dios hacia nosotros, la simplicidad que el evangelio presenta en cuanto al desarrollo del misterio de salvación. Señalamos en particular la encarnación del Verbo de Dios, “Emmanuel, Dios con nosotros” (Mt 2:23). La manera de estar con nosotros es muy simple, a pesar de nuestro rechazo, además de vivir nuestra condición a pesar de habernos caído fuera de su gracia, tenernos confianza a pesar de nuestra indignidad, perdonarnos a pesar de nuestras transgresiones, guiarnos a pesar de nuestra rebeldía y arrogancia, y amarnos a pesar de nuestra ingratitud. Por otra parte, su enseñanza refleja una gran simplicidad, la de tener la fe en Él, de amar sin pedir ser amado, de hacer el bien sin esperar una recompensa, de perdonar y pedir perdón, de arrepentirse y caminar según los mandamientos, de cortar con el pecado y elegir la virtud. Además, sus milagros manifiestan la simplicidad de restaurar al hombre a su dignidad tanto espiritual como humana; de consolar a los pobres, marginales, pequeños, desafortunados y oprimidos; de irradiar pruebas de la vida eterna y de la presencia del reino de Dios entre nosotros. También, su testamento a sus discípulos y a nosotros presenta una gran simplicidad, la simplicidad de mantener el amor como la señal de ser sus discípulos, y la evangelización en su nombre de toda la creación, y la celebración del misterio de su muerte y resurrección por el misterio de la eucaristía. Y, por último, su presencia con nosotros en la Iglesia se concreta en manera simple, por una parte por nuestra crismación por el Espíritu Santo, y por otra parte, por nuestra participación de su cuerpo y su sangre por la transformación de los preciosos dones, del pan y del vino. Todo el misterio de la economía divina, o sea la historia de la salvación, está subrayado por la simplicidad. Es el remedio a la arrogancia del hombre que se manifestó en el paraíso al desobedecer a Dios. El ejemplo del Señor nos inspira para asimilar la simplicidad de manera concreta. Las bienaventuranzas (Mt 5:3-12) forman el espacio para crecer en la simplicidad que el Señor desempeñó durante su vida en la tierra. La manera constructiva para adquirir la simplicidad consiste en descartar absolutamente al mal, al pecado, al diablo; no condenar al pecador; no pensar, meditar, desear, querer el mal a uno mismo tampoco a los demás; no ofender a nadie, tampoco intentar de dominarlo; siempre meditar lo bueno; compartir con los demás; considerar a todos como buenos, mejor que nosotros mismos; estar alegre y agradecido a Dios “por todo lo que sabemos y no sabemos, por todo lo manifiesto y no manifiesto que nos has otorgado”, como decimos en la divina liturgia de San Juan Crisóstomo. La simplicidad se caracteriza por una disposición total y una entrega absoluta, en primer lugar a Dios, a cada persona, incondicionalmente de todo el pasado, de toda interpretación de las intenciones, de toda sospecha, de todo sacrificio necesario, etc. El que adquiere la simplicidad de la vida en Dios, vive la voluntad de Dios en todo, la acepta con diligencia, la aplica con firmeza, y la disfrute de todo su corazón. Por lo tanto, no tiene miedo ni de nada ni de nadie; escapa a los malos y a sus trampas; no se preocupa para el futuro, ni tiene remordimientos por el pasado, por haber cortado absolutamente con el pecado y por vivir la remisión de los pecados por la misericordia de Dios. Al mismo tiempo, conoce Su voluntad, según lo prometido por el Señor: “cuando viniere Aquél, el Espíritu de verdad,… os comunicará las cosas venideras. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer. Todo cuanto tiene el Padre es mío; por esto os he dicho que tomará de lo mío y os lo dará a conocer” (Jn 16:13-15). Por otra parte, tiene un pacto permanente con Dios, Él le da todo, y Se da a él, por ello promete: “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo” (Jn 16:24). Además, es una fuente de alegría por el agradecimiento que ofrece siempre a Dios, y también por su aceptación de las varias situaciones que se presenten en su vida, sin quejarse. Es una fuente de paz por haber cultivado el perdón, la reconciliación y el ejercicio de la tarea del buen samaritano con sus pares lastimados por las pasiones destructoras. Es una fuente de sabiduría y de buena inspiración por haber dejado la arrogancia de la lógica y la inteligencia de la maldad, y aceptado la labor de la oración por la cual se encauzan los dones del Espíritu y se aclara la voluntad de Dios sobre nuestros asuntos. Es, en una palabra, un hijo de la Luz, una presencia de Dios entre nosotros. En él se verifican todas las palabras del evangelio, por haber sido un evangelio vivo, abierto a todos. En él nos acercamos a Dios, por la morada de la gracia en él. Tiene una nobleza de alma que abraza a todos; pasa imperceptible en nuestra vida como el aire que respiramos. ¿Acaso entendamos ahora estás palabras del Señor que dirige a Su Padre: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños” (Lc 10:21)? Amén.
+ Metropolita Siluan
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