Domingo 21 de Septiembre de 2008

Meditación de S.E.R. Monseñor Siluan Muci

 

"Llevar su propia cruz"

"El que quiera venir en pos de mí,

niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame"

 

Casi todos los cristianos quieren ser aliviados en su cruz; son muy pocos los que piden aprender llevarla. Se apuran cuando reciben algún golpe fuerte, alguna cruz. ¡Increíble! Nos quejamos acerca de la cruz que tenemos, pero no somos concientes de que nos está preparando para el barranco en la carretera que Dios puede ver y que nosotros no podemos prever, así como lo ilustra este relato.

En efecto, alguien observaba cómo la gente llevaba sobre sí su cruz en el camino de la vida. Entre ella, una persona se quejó del peso de la cruz pidiendo a Dios: "Oh Señor, está muy pesada, por favor saca un poco de ella". Luego, él mismo sacó una sierra y cortó un poco del pie de la cruz. Se fue caminando silbando y logró adelantarse así a los demás. Después de un tiempo, empezó a quejarse de nuevo diciendo: "Oh Señor, corta un poco más, pues seré más capaz de llevarla". Otra vez, sacó la sierra y cortó un poco más del pie de la cruz. Siguió su camino con entusiasmo diciendo: "Oh Señor, muchas gracias". Silbando, precedió a los demás quienes llevaban sus cruces con mucha paciencia. Llegó a un barranco que se debía cruzar. Mientras pensaba qué hacer, llegaron los que estuvieron detrás, apoyaron sus cruces de lado a lado del barranco, pasaron sobre ellas a la otra orilla, y continuaron su camino. Imitándolos, este hombre trató de poner su cruz de lado a lado del barranco, pero, lamentablemente, su cruz era ahora tan corta que se vio impedido de llegar hasta el otro lado. Se asustó por lo sucedido, se arrodilló e inclinó la cabeza en signo de desesperación.

Un análisis de nuestra realidad cotidiana demuestra la existencia de varias dificultades por nuestra parte para llevar la cruz. Es a veces difícil llevar la cruz de la compasión porque se necesita darse cuenta de la dificultad de los demás, su tragedia, su miseria, su necesidad, etc.; o llevar la cruz del perdón porque necesita borrar de su memoria todo recuerdo malo, no dejar ningún resentimiento en su corazón, y rezar tanto para sí como para la persona en cuestión; o llevar la cruz de la dádiva porque necesita ofrecer sin recibir recompensa o agradecimiento, y continuar ofreciendo a pesar que nadie está contribuyendo; o llevar la cruz de la paciencia porque necesita esperar hasta que llegue la hora de Dios, con la confianza absoluta en la providencia de Dios; o llevar la cruz de la humildad porque necesita desprenderse de la vana gloria, de su egoísmo, convicción, etc.; o llevar la cruz de la buena voluntad porque necesita vencer su propia desesperación, frustración, debilidad, etc.; o llevar la cruz de la oración porque necesita atención y entrega, tratando de juntar la mente dispersa; o llevar la cruz de los chismes y de la persecución porque necesita contestar el mal por el bien; o llevar la cruz de mantener la unión de un matrimonio, de proveer la educación necesaria a sus hijos, de superar una situación económica, de enfrentar su enfermedad o debilidad, de asumir una responsabilidad, etc.

Para llevar la cruz se necesita, en primer lugar, amor. Para crecer en el amor es necesario aceptar la cruz consciente, libre y amorosamente, no padecerla pasivamente y como una víctima. O sea, debemos estar "presentes" a la cruz. La cruz, antes que nada, tiene necesidad de nuestra presencia. Una presencia total, una adhesión interior, y no sólo una presencia física. Estoy ausente de mi cruz, si no estoy con amor, sino sólo con lamentos y con una postura que apenas la soporta. Pero no basta esta primera presencia. La cruz, para madurar y fabricar al hombre nuevo en Cristo, necesita dos presencias, en comunicación continua entre sí. No existe cruz solitaria. La cruz hay que llevarla "entre dos". Una cruz solitaria es inhumana. Solamente una cruz compartida nos hace entrar en el dinamismo de la salvación: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que os aliviaré" (Mateo 11, 28).

En segundo lugar, llevar la cruz implica un cambio de perspectiva o de mentalidad, o sea adoptar la lógica de la cruz, la cual no coincide con la lógica humana. La lógica humana bajo la ley del pecado y del egoísmo busca lo propio, sea intereses, derecho, justicia, dignidad, descanso, placeres, etc., mientras que la lógica de la cruz, que es la lógica del amor, es un ejercicio continuo de decir tanto "" a Dios y al prójimo, como "no" a sí mismo y a sus pasiones pecaminosas. Es la lógica que las bienaventuranzas proponen.

La actitud de amor y el cambio de mentalidad se concretan en nuestra conducta al llevar la cruz con alegría. Amanece, pues, en nuestra conciencia, nuestro parentesco con el Crucificado. A partir de la Cruz del Señor entendimos que somos amados. Respondemos a este amor llevando nuestra cruz. Ante tal apertura nuestra, corresponde una presencia del Espíritu a nivel tanto vertical como horizontal. El Espíritu manifiesta nuestro parentesco, es nuestro cordón umbilical por el cual se realiza una simbiosis de amor y una transfusión de vida en lugar de la muerte, de la esperanza en lugar de la desesperanza, etc.

Por ello, fuera de la cruz no hay otra escalera por donde subir al cielo. La cruz no es para que la lleves al cuello, o la cuelgues de una pared; es para que te dejes crucificar. El príncipe de este mundo reina, por cualquiera forma – nuestra arrogancia, debilidad, miedo, etc. Hay que sacar este reino afuera para que Cristo y la cruz puedan reinar en nosotros. Lleva la cruz abrazada y apenas la sentirás; porque la cruz arrastrada es la cruz que pesa más. Llévala de manera espiritualmente correcta, pues  su yugo será "blando" y su carga "ligera" (Mateo 11, 30). Llévala con rostro alegre, dando gracias al Señor. Amén.

 

+ Metropolita Siluan