Domingo 19  de octubre de 2008

Meditación de S.E.R. Monseñor Siluan Muci

 

 

¿Poder de compartir o de resucitar?

“No llores (…). Joven, a ti te hablo, levántate”

 

 

En la resurrección del único hijo de la viuda de Naín, el sentido del milagro se sintetiza en la forma de manifestarse de la gente al final del relato, exclamando: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo”.

En primer lugar, la gente consideró a Cristo como un gran profeta. Sí, el Señor es el profeta por excelencia, es el Mesías tan esperado, porque resucitar muertos como así también dar la vista a los ciegos, andar a los cojos, salud a los leprosos, oír a los sordos (Lc 7:22) eran características del Mesías que iba a venir para salvar al pueblo de Dios, tal como los profetas lo habían anunciado. Por eso, los evangelistas recordaron ese acontecimiento.

En segundo lugar, la gente entendió el milagro como una visitación de Dios a favor de su pueblo. Es cierto que la gente subrayó más la intención profunda del Señor que la intervención milagrosa. En la resurrección del hijo único de la viuda de Naín, la gente tuvo conciencia, ante todo, de la compasión del Señor, lo que el evangelio describió previamente con respecto a la viuda: “Viéndola el Señor, se compadeció de ella y le dijo: No llores”. A continuación intervino el Señor mandando al joven muerto: “Joven, a ti te hablo, levántate”. ¡Qué amor todopoderoso! ¡Los muertos escuchan la palabra del Señor, obedecen y resucitan! Sí, el joven lo escuchó, se sentó y comenzó a hablar. El Señor de la vida y de la muerte ofreció las primicias de su victoria final sobre la muerte antes del día de su resurrección.

La exclamación de la gente llama la atención por haber subrayado más la compasión que el poder milagroso del Señor. Es una observación digna de meditación, cuando la búsqueda religiosa se fija más en el poder milagroso que en la relación personal. Dios es amor antes que ser todopoderoso. La relación prima al poder. El poder es un poder de amor no de potencia. Nos equivocamos a veces en ese sentido. El Señor no quiere imponerse como una potencia a la cual los hombres necesitan para evitar o superar la enfermedad, el mal o la muerte; sino se ofrece como amante, por una compasión hacia cada uno de nosotros en una relación personal, paternal y filial, respectivamente.

Tanto es la compasión del Señor que Él prefirió vivir toda nuestra condición como hombre, a excepción del pecado. No quiso compartir desde afuera, sino desde adentro; compartió pues nuestra miseria en toda su dimensión trágica a fin de lograr que la humanidad, huérfana de Dios, se da cuenta de este Padre compasivo con ella hasta el envío de su Hijo para salvarla.

En definitiva, la compasión del Señor estimula nuestra valentía y nuestra fe para permanecer en la esperanza que llorar no es nuestro destino, ni tampoco la muerte, ya que Su compromiso hacia nosotros es irrevocable, y el camino estrecho hacia la vida no nos atemoriza. Las visitaciones del Señor nos conducen a exclamarnos en agradecimiento, junto con la gente del cortejo fúnebre: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo”. Amén.

 

+ Metropolita Siluan