17 de agosto de 2008

 

"El paradigma de vida según la voluntad de Dios"


“Más bien dichosos los que oyen la palabra de Dios
Y la guardan”


En la fiesta de la Dormición de la Virgen María, la Iglesia seleccionó la lectura del episodio de la recepción del Señor en la casa de María y de Marta, donde Él dirigió a Marta su palabra conocida: “Marta, Marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas; pero pocas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”. A continuación, leemos tal también la respuesta del Señor al elogio que una mujer dirigió a su madre: “Más bien dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan”.
La combinación de ambos eventos en el contexto de la fiesta que celebramos hoy nos permite meditar sobre “la mejor parte” que la Virgen María eligió vivir. No hay duda que se trata de su disposición y entrega total a oír la palabra de Dios y a vivirla. “La mejor parte” era su búsqueda de conocer la voluntad de Dios y vivir según ella.
El evangelio guarda algunos testimonios de tal actitud de la Virgen María. Así se manifiesta su compromiso en la anunciación del arcángel Gabriel: “He aquí a la sierva de Dios, hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1, 38). Desde entonces por aceptó vivir la voluntad de Dios durante todos los episodios que sucedieron con Jesús. Así fue su viaje a Belén para empadronarse y dar luz a Jesús; su huida a Egipto y la matanza de los niños inocentes; la pérdida de Jesús y su encuentro en el templo a los doce años; la intervención de María en la boda de Cana; y por último, la pasión de su hijo y su presencia con Él en la crucifixión. En toda esa trayectoria, san Lucas registraba la actitud de la Virgen: “y su madre conservaba todo esto en su corazón” (2, 51). En esta perspectiva, es útil seguir con unas reflexiones de san Siluan el Athonita (+1938), a fin de apreciar más la grandeza de la Virgen María.
En la tierra no se puede escapar al sufrimiento, pero el que se abandona a la voluntad de Dios lo soporta fácilmente. Observa los sufrimientos, pero tiene su esperanza puesta en Dios, y pues los sufrimientos pasan.
Cuando la Madre de Dios estaba bajo la cruz, su sufrimiento era casi insoportable, porque amaba a su hijo más allá de lo imaginable. Sabemos que cuando más amamos, más grande también es el sufrimiento. Como ser humano, la Madre de Dios no podía soportar su dolor, pero se abandonó a la voluntad de Dios, y el Espíritu Santo la reconfortaba y la fortalecía para soportar tal padecimiento.
Luego, después de la Ascensión del Señor, se transformó, para todo el pueblo de Dios, en un gran consuelo en las aflicciones.
El que vive conforme a la voluntad de Dios no se preocupa por nada. Si tiene necesidad de algo, él se confiará junto con su necesidad a Dios.
En caso de no obtener lo que necesita, el permanecerá calmo como si lo obtuviera. La mejor obra es abandonarse a la voluntad de Dios y soportar las pruebas con esperanza. El Señor, observando nuestra pena, no nos cargará jamás por encima de nuestras fuerzas.
Observen el que ama su propia voluntad; jamás tiene la paz en el alma, y está siempre insatisfecho y descontento. El que se preocupa por sí mismo no puede abandonarse a la voluntad de Dios de manera
que su alma encuentre la paz en Dios.

El Señor dio al Espíritu Santo, y aquel en que Él vive siente que lleva el paraíso en sí mismo. Quizás digas: “Porque no tengo tal gracia?”. Es porque tú no te has abandonado a la voluntad de Dios, sino que estás viviendo a tu manera. La Virgen María se abandonó a Dios. Y si nosotros repetimos las palabras de la Virgen - “he aquí a la sierva de Dios, hágase en mi según tu palabra”-, entonces las palabras del Señor escritas por el Espíritu Santo en el Evangelio quedarían en nuestras almas y el mundo entero se colmará del amor de Dios. ¡Que maravillosa sería la vida en toda la tierra! Aunque las palabras del Señor fueron escuchadas en el mundo entero desde hace muchos siglos, los hombres no las comprenden y no quieren aceptarlas. Pero el que vive según la voluntad de Dios será glorificado en la tierra y en el cielo.
La Madre de Dios es realmente nuestra madre en el camino que ha recorrido: un paradigma de vida según la voluntad de Dios.
Con Ella repetimos el cántico que dirigió a Dios, expresando sus sentimientos, su humildad ante la grandeza de la gracia recibida, su reconocimiento hacia Dios y la admirable providencia del Señor: “Mi alma engrandece al Señor, y exalta de jubilo mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva; por eso todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso” (Lucas 1, 46-49). Amén.

 

 

+ Metropolita Siluan