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Domingo 12 de octubre de 2008 Meditación de S.E.R. Monseñor Siluan Muci
"El sembrador y la siembra" “Oyendo con corazón generoso y bueno, retienen la palabra y dan fruto por la perseverancia”
La parábola del sembrador es la parábola por excelencia para todos nosotros, tanto para los que siembran el evangelio (cleros, padres, catequistas, docentes, etc.) como para los que lo reciben. ¡Cuánto se siembra en comparación con cuanto es lo que se cosecha! Tenemos que sembrar en todo tiempo, en todos los lugares, sin restringir a nadie, independientemente de las condiciones del terreno. El evangelio fertiliza la tierra de quienes lo reciben, sin embargo, se queda improductivo y árido para los que lo niegan. De toda forma, vale la pena predicar la palabra del evangelio a favor de los que van a escuchar la palabra y que proveerán, por ende, sus frutos. El evangelio habla de los que escuchan la palabra de Dios, no dice nada de los que no la escucharon; supone que todos la escucharon. Si el evangelio presenta cuatro distintos tipos de terreno, es cierto que no quiso insinuar que estos tipos representan cuatro tipos diferentes de naturaleza de oyentes, sino que la cosecha dependería no de los oyentes, sino de una fatalidad que les tocaría vivir. Por lo tanto, es importante aclarar en qué consisten estos distintos tipos de terreno. El evangelio quiso focalizar nuestra atención en las razones que impiden tener una buena cosecha y en las condiciones que permiten tener los frutos esperados. En primer lugar, hay semillas que cayeron “a lo largo del camino”. El camino, a diferencia de un campo rodeado por una cerca, es accesible a todo viajero. Por lo tanto, esta gente se deja influir fácilmente por todo y por todos sin controlarse, cuidarse o defenderse. Por su manera de vivir, no se cuidan absolutamente. Son los alejados de la Iglesia; además eligen situaciones para sí mismos por las cuales no tienen la oportunidad de escuchar la palabra, se creen buenos y les parece posible vivir sin Dios. En realidad, les falta ejercer la vigilancia. ¿Acaso el Señor no había dicho: “Pensad bien que, si el padre de familia supiera en qué vigilia vendría el ladrón, velaría y no permitiría horadar su casa” (Mateo 24, 43)? En segundo lugar, hay semillas que cayeron “sobre la peña”. Sobre una piedra o una roca nada puede crecer, debido a la imposibilidad de echar raíces en profundidad. Es una descripción de la relación o el lazo superficial que mantienen unos cristianos con respecto a su fe. Viven la fe de manera superficial: sí, concurren a la Iglesia, participan de unos oficios o sacramentos y se conforman con unos preceptos, sin embargo, esta relación no les permite estar en comunión real con Cristo. Ellos consideran la práctica religiosa un fin en sí, no un espacio para encontrar realmente a Cristo. Este encuentro no es posible en la superficie de las formas y de los tipos, sino en profundidad. Por no tener raíces profundas, no pueden enfrentar las tentaciones que vayan surgiendo. En realidad, les falta la oración, esta comunión que el Señor había pedido de sus discípulos, en el momento crucial de su pasión en Getsemaní: “Orad para que no entréis en tentación” (Lc 22:40). En tercer lugar, hay semillas que cayeron “en medio de espinas”. Aquí se mezcla lo religioso y lo mundano, se confunden al mismo tiempo cosas contradictorias: amar a Dios y al mundo. Esta gente eligió al mundo, ya que él ejerce sobre ellos una atracción más brillante en sus ojos que la suavidad de la palabra de Dios; también les ofrece una seguridad y una relajación que les calma toda inquietud profunda; y en fin, prefieren los placeres que parecen salvarlos de la necesidad y de la ociosidad. Sin embargo, el Señor afirma: “Nadie puede servir a dos señores, pues o bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien, adhiriéndose al uno, menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt 6:24). Por ello, lo que les falta es el ejercicio del ayuno, ya que, por este medio, dirigimos nuestras aspiraciones y facultades hacia Dios, no hacia el mundo. Restringimos el poder del mundo en nosotros y nos fortalecemos de la vida, la seguridad y la riqueza que viene de Dios. Por el ayuno, nos ponemos dependientes de Dios e independientes de las atracciones del mundo sobre nosotros. Ahora se cumplieron las condiciones para tener una buena siembra. Las semillas que cayeron “en tierra buena” pueden crecer, gracias a la vigilancia, la oración y el ayuno. Si recibir adecuadamente y atentamente la palabra de Dios es la primera faceta, la perseverancia es la otra. Encontrar a Cristo y la comunión con Él no es un reflejo automático o espontáneo, sino que necesita que nos desprendamos tanto del amor al mundo como de las pasiones, y que mantengamos una búsqueda continua del rostro del Señor. El hombre está tentado por el retorno de los pecados hacia él. Permanecer fiel al Señor es una lucha, una cruz que nos conduce a la resurrección. “Lo caído en buena tierra son aquellos que, oyendo con corazón generoso y bueno, retienen la palabra y dan fruto por la perseverancia”. Amén.
+ Metropolita Siluan
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