Domingo 5 de octubre de 2008

Meditación de S. E. R. Monseñor Siluan Muci

 

"La carta magna del cristianismo"

“Tratad a los hombres de la manera

como vosotros queréis ser de ellos tratados”

 

La recomendación del Señor de “Tratad a los hombres de la manera como vosotros queréis ser de ellos tratados” presenta una revolución en cuanto a la manera cómo se relacionan los seres humanos, a los modos de relacionarse a nivel personal, como a saber, el trato egoísta o el trato de igual a igual, estableciendo así una gran disparidad con respecto a los sistemas religiosos, sociales o morales que rigen tal conducta.

A partir de una retrospectiva histórica, observamos que todo sistema social, económico o judicial, se basa en un trato de igual a igual donde se aseguran previamente los derechos y las obligaciones de cada parte involucrada en el trato en cuestión. Tal concepción se reflejó a nivel religioso como se puede encontrar en el Antiguo Testamento por su enseñanza: “ojo por ojo, y diente por diente”. Observamos, por otra parte a nivel psicológico, un trato egoísta en el cual la persona es el polo de atracción del universo: quiere que la amen, la respeten, la cuiden, le agradezcan, le retribuyan, etc.

Evaluando esos dos tratos, el Señor les cualificó de trato entre hombres pecadores, o sea que no conocen todavía la vida en el Espíritu Santo. Por lo tanto, señalando la práctica vigente, el Señor indicó una mejor, conocida por ser la carta magna del cristianismo.

En efecto, la perspectiva cristiana reorienta el trato personal egoísta, o sea trato de derechos sin obligaciones, o el trato de igual a igual, o sea el trato de derechos y de obligaciones, en un trato de obligaciones sin derechos. La palabra del Señor referida a la práctica cotidiana significa que la manera con la cual quieres que los demás usen contigo, úsala con ellos, sin esperar que ellos hagan lo mismo. Es decir, si quieres que te respeten, respeta a los demás en primera instancia; si quieres que te amen, ama a los demás primero. En pocas palabras, lo que necesites de los demás, ofrécelos primero, sin esperar que actúen contigo del mismo modo.

En ese sentido, la vida del Señor fue un ejemplo vivo. Aunque ofreció todas las bendiciones, y aun más su vida en la cruz, no obtuvo ni respeto, ni amor, ni tampoco agradecimiento por parte de la mayoría. Él no pidió nada como contraparte, sino rezó en la cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Él quiso revelar el destino verdadero y real del hombre: ser “hijo del Altísimo”, y no solamente un individuo, o un ciudadano o una parte de un trato.

En esa perspectiva, el Señor ofreció una triple enseñanza a los que quieren seguir el camino real: “Amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin esperanza de remuneración”. Amar al enemigo, hacer el bien y dar sin ninguna esperanza de recompensa permiten destacar cualquiera ilusión en referencia a nuestra conducta en cuanto a nuestros tratos personales. La aplicación de ese criterio permite limpiar el corazón de todo resentimiento hasta la enemistad, de establecer la costumbre de contestar el mal por el bien, y por último, de no desear ninguna recompensa por estar imbuidos de una actitud de amor.

El deseo del Señor es que los cristianos sean hijos a la imagen de su Padre celestial, quien es “bondadoso para con los ingratos y los malos”. Es útil que ilustremos esa perspectiva, con epicentro en el amor hacia los enemigos, por un relato de la vida de San Paísios de Egipto, quien había rezado mucho tiempo para que el Señor perdonara a un monje suyo que había negado a Cristo y dejó de ser cristiano. El Señor estuvo tan contento de la oración de San Paísios que quiso Él mismo consolarle. Por lo tanto, Él se le apareció y le dijo: “Paísios, ¿por qué pues rezas para el que me había negado?”. San Paísios Le contestó: “Señor, tú eres misericordioso, perdónalo”. Entonces el Señor dijo: “Oh Paísios, por tu amor, tú te asimilaste a Mí”. ¡Tanto es agradable al Señor la oración para los enemigos! San Siluan el Atonita (+1938) nos pide seguir ese camino aconsejándonos: “Se lo pide, haced un intento. Si alguien te ofende, o te desprecia, o lleva lo que te pertenece, o calumnia la Iglesia, orad al Señor diciendo: 'Señor, todos somos criaturas tuyas; ten piedad de tus siervos y dirigidlos hacia el arrepentimiento'. Entonces, llevarás perceptiblemente la gracia en tu alma. Al inicio, impone a tu corazón amar a los enemigos; el Señor, observando tu buena intención, te ayudará en todo, y la experiencia en sí misma te enseñará. Pero, el que piensa mal de sus enemigos, el amor de Dios no está en él y él no ha conocido a Dios”.

Ojalá las palabras del Señor conmuevan lo más noble de nuestra alma, o sea la compasión, para que nos transformemos en hijos del Altísimo y tratemos entre nosotros en base al ejemplo que el evangelio nos muestra. Amén.

 

+ Metropolita Siluan