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El 28 de enero 2008, falleció el Arzobispo de
Atenas y Primado de Grecia, Su Beatitud Cristódulos, o sea primado de esta
iglesia histórica ortodoxa fundada por el mismo apóstol Pablo. El difunto
era una figura con gran predicamento dentro del mundo cristiano en general
y del mundo ortodoxo en particular. Mantenía con nuestro Patriarcado de
Antioquia muy buenas relaciones.
En su homenaje, hemos traducido y adaptado la mayor parte de su homilía
pronunciada en 2004, en ocasión de la celebración de sus treinta años de
dignidad episcopal. Revisando su experiencia a lo largo de las tres
últimas décadas, Su Beatitud quiso analizar algunos desafíos que enfrenta
el clero, tanto corresponda a la jerarquía de obispo o de sacerdote, y a
continuación, presentar aspectos de la personalidad de un verdadero obrero
en la viña del Señor. Sus palabras revelan realmente la nobleza y la
grandeza de un alma consumida y dedicada al servicio del Señor, y además
reflejan la preocupación de un servidor que intenta permanecer fiel a su
Señor y ser útil en su ministerio dirigido hacia el hombre.
El texto nos pareció apropiado y útil para nuestra instrucción en la vida
cristiana, tanto para el clero como para los fieles. En efecto, sus
palabras sí bien reflejan una experiencia clerical, sin embargo se pueden
adaptar a la situación de toda alma que tiene a cargo la responsabilidad
de educar, de tener una familia, de ayudar a su prójimo y de estar en
contacto profesional o no con los demás. En pocas palabras, es una homilía
para el alma que lucha para vivir el amor y el servicio en toda su
dimensión verdadera.
1. La costumbre y la
rutina
El sacerdote es una persona que se consume para su ministerio, corre más
rápido para sus fieles que para sus propios hijos. Es una vela encendida
en la Iglesia que ilumina cuando los fieles se van a sus casas, y que
tiembla ante el Señor, pidiéndole que alivie a Su rebaño en la aflicción y
que transforme el desierto de preocupación en paraíso de dádiva.
Si miramos a este sacerdote en su Iglesia vacía de gente, pero no de Dios,
él no puede ser este servidor verdadero si siempre “hace lo mismo”, si no
puede ver el mundo a su alrededor como la viña del Señor que se le había
confiado, si la costumbre le ha quitado los horizontes. Él no puede
abrirse hacia su rebaño si se queda cerrado en la cárcel de la rutina.
Una vez, un anciano sacerdote se confesó: “una sola cosa pido al Señor
para mí, que mis manos puedan soportar el cáliz a la hora de comulgar”.
Para hacer tal oración, seguramente que este sacerdote tenía plena
conciencia de lo que estaba haciendo cada vez que preparaba la divina
liturgia.
En realidad, como lo he observado durante estos años, el gran enemigo o la
mayor victoria del Mal contra el sacerdote no consiste en empujarle a
pecar, a comportarse mal, sino a empujarle que caiga en la costumbre, que
no sienta que él es, otra vez más, ante el santo altar, un testigo de un
milagro y por supuesto un colaborador humilde, que nuevamente, ante sus
propios ojos, el vino y el pan están abrazados por toda la eternidad.
Es cierto que sólo el hombre no puede levantar el peso de la eternidad. En
realidad, es un don de Dios y una bendición hacia Su servidor que él no
caiga jamás en la rutina, toda vez que está preparando la divina liturgia,
y que no sienta nunca que está ejerciendo un trabajo.
Cuántas veces, teniendo que ordenar un nuevo sacerdote o diácono, no me he
cuestionado si este joven podrá aprender de la divina liturgia que él está
llevando ante de la santa mesa su propio mundo perecedero con el cansancio
y la repetición, sino que la eternidad está aquí presente también,
venciendo lo perecedero con la autenticidad, y la repetición con lo
imperecedero.
2. “Fue él ciertamente quien soportó
nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores” (Isaías 53, 4)
Una vez, un anciano sacerdote dijo a otro sacerdote que acababa de
confesarse: “debes estar listo, mientras estés dando la santa comunión a
los fieles, justo en el momento que ellos están abriendo sus bocas, tener
a tu cargo la responsabilidad del peso de sus pecados, y también cubrir
todas las debilidades de quien comulga. Tienes que llevar sus cargas sobre
tus hombros, y dejar a Dios la preocupación de hasta qué límite puedes
aguantar”.
“Tienes que llevar sus cargas sobre tus hombros”: les estás viendo ante
ti, en la Iglesia, cuando están mirando hacia el altar, orando o siguiendo
la liturgia en silencio. Orad pues también para que el Señor te permita
ayudarlos, pedid a la Santísima Virgen que te de la fuerza para guiarlos
hacia Sus brazos.
Varias veces sentía que el mundo no se alejaba de la Iglesia, sino que la
Iglesia se alejó del mundo. A menudo, tengo miedo de que no dejemos las
puertas de la Iglesia abiertas; de que hablemos con los fieles y el mundo
como si fueran dos diferentes y opositores campos; de que quizás
condenemos, en lugar de comprender al mundo; de que defendamos la moral y
la ética pero descuidemos la vida.
“Tienes que llevar sus cargas sobre tus hombros”: no consiste en una
insinuación para condescender, tampoco de un incentivo para ignorar los
errores, el pecado; tampoco esto termina con que perdones, y no condenes.
“Tienes que llevar sus cargas sobre tus hombros”: significa dejar de
hablar sobre el otro, y empezar a hablar con él; dejar las generalidades y
tener un contacto directo con él; amarlo; dejar de ver que esté del otro
lado; entrar en su alma; seguir uno por uno sus pasos; entenderlo más que
él mismo para ver lo que carga su conciencia. En otras palabras, estás
invitado para ver su mundo por tus ojos; ver cuán duro e injusto es el
mundo con el anciano; ver cómo él mira al término de su vida; ver que él
no puede cambiar nada, y que lo que le está ofrecido es la miseria; ver
cuantos vacíos aparecen ante los ojos del hombre en esta sociedad
contemporánea; ver, y luego mirar a ti mismo, y pregúntate si te justifica
tener está arrogancia, o si todo lo que le estás diciendo en tu homilía
suena tal vez como palabras huecas y vacías.
“Tienes que llevar sus cargas sobre tus hombros”: no significa tanto las
palabras como el amor que convence, no el amor que está sobre sus labios,
sino en su corazón. Él lo puede ver aún más en la oscuridad más completa
de su vida. Tu cariño es el único que puede hablar y que se puede hacer
escuchar. Cuando sientas todo esto, haz sólo una revisión y luego cuenta
cuántas veces hablaron sus labios, y cuantas veces dejaste a su cariño que
hable.
3. La dignidad que no abriga sino
desnuda
Cuando, con la gracia de Dios, me ordenaron obispo, hace treinta años,
sentí, como es natural, una gran emoción. Tenía fe en Dios y también
muchas expectativas de mí mismo. Tenía la convicción que ahora haría más
que cuando era sacerdote. Sin embargo, no demoré para tomar conciencia no
tanto de la altura de tal dignidad, sino de que esta dignidad no abriga
sino desnuda. No me refiero a la exhibición ante los ojos del mundo. Sólo
te darás cuenta rápidamente: el engañoso y el que rechaza tienen necesidad
de seducirte para que encuentren su propia justificación en la disminución
de tu dignidad. Pero, lo primordial no es el mundo, sino tus propios ojos.
¡Cuantas veces sentía que cada día que pasaba, aumentaban las fuerzas que
me impedían ver el mundo en la luz de la divina liturgia! ¡Cuantas veces
tenía que mantener una lucha dura y dolorosa para no alejarme de lo que
creía ser un obispo, de lo que había rezado para ser!
Mi padre espiritual me enseñó a darme totalmente en mi ministerio hacia el
prójimo. Pero, cuando fui obispo, debía estar constantemente al lado del
clero y del rebaño. Mi tarea era incomparablemente más grande. ¿Cómo puedo
aguantar el cansancio cada vez más grande y estar al resguardo de la
indignación y la crítica de mis colaboradores? ¿Cómo puedo preservar mi
tarea sin que se transforme en una obligación? Varias veces, muchas
noches, sentía que no servía para la misión emprendida, aún cuando me
entregaba totalmente a ella, como si no amara a quien servía. He aquí
donde hay que luchar, para que tu ministerio no se torne en una
obligación, para que no te moje una gota de desprecio hacia quien sirves,
o para que no consideres que él no te necesita.
El espacio del ministerio de un obispo no es solamente un oasis de dádiva,
sino también es un desierto de tentaciones. Allí sientes cómo el
aligeramiento que llevas al rostro de quien ayudas, ilumina tu propio
camino e irriga tu alma. Allí también, sientes el peso de la oscuridad que
te abraza. Cuanto más avanzas, tanto más quieres apoyar y proteger al
rebaño. Entonces, vas a experimentar cómo aumentan las bocas semejantes a
los sepulcros abiertos; y que lo que se disputa más y parece increíble, es
tu propia palabra. La serpiente no solamente quiere atacarte, sino también
cerrar las orejas de los que te escuchan; intenta alejarlos para tirarlos
luego en la incredulidad y la duda; y medita cómo hacerlos perder el
coraje o desalentarlos.
4. La realidad aparente y
trascendente: los ojos del verdadero pastor
Dejé para el final la principal preocupación: trabajar dentro de una
situación que se impone como si fuera la única realidad, a pesar de que no
aceptes tal estimación. Varias veces sentía que debía también luchar aquí,
contra lo que insinuaba que debía dejar de ser realista – o sea aceptar el
mundo como está, cómo lo ves a su rededor. Si lo aceptaría, esto hubiera
matado al obispo dentro de mí, y puesto un administrador en su lugar.
La realidad aparente te convence que alrededor tuyo hay lamentablemente un
grupo de sacerdotes impotentes o engañadores, mientras que haces tu
trabajo mejor que los demás, afortunadamente. Es una visión del mundo que
está iluminada por la luz de la realidad. Es así la realidad que tiene
quizás un director muy capaz, o un político emprendedor. Pero esto no
puede ser la realidad de un obispo, en ningún caso.
Muchas veces, me observaba a mí mismo con todas las cosas que me encargan
- los sacerdotes y los fieles con sus problemas y flaquezas que
seguramente tienen -, y sentía que lo que se llamaba realidad, y por
supuesto dura, no coincidía con la verdadera realidad. El obispo no tiene
derecho a ver el mundo con sus propios ojos, sino por los ojos del
“engolpio” que lleva sobre su pecho, o sea el icono de la Virgen llevando
al Niño en sus brazos. Esto significa que no debe perder jamás contacto
con lo verdadero, sino que debe rezar cada minuto; pedir al Señor que le
ayude para ver el mundo con la luz de la resurrección, y no con la luz de
este mundo, y que no le deje sentir, ni siquiera un minuto, que tiene
obligaciones o que está representando a una institución; suplicarle
pidiéndole que le haga digno poder para administrar en Cristo y no
institucionalmente.
El obispo no puede ser un pastor mandando a los sacerdotes e imponiendo su
voluntad. Es un pastor cuando y en cuanto ve a su rebaño y a su clero no
como llenos de flaqueza, sino como portadores de alto poder, que ellos
tienen del amor del Señor. Es un pastor cuando tiene la bendición de ver,
detrás y dentro de la flaqueza, el valor, y, por supuesto, lo que es
único. Es un pastor cuando ve dentro de sí mismo y ante él, que uno sólo
es el pecado: la flaqueza de sentir el amor de Dios, la flaqueza de vivir
cómo Su amor nos lo permite. “Traición es únicamente de la conciencia”,
como lo dice San Juan Crisóstomo.
Traicionar Su amor, el reino de la muerte, esto es lo que quiere imponerse
como realidad. Esto es lo que transforma un obispo en una función pública.
Por ello, hay que rezar por y para el clero, por y para el obispo, para
que permanezcan en el mundo sirviéndolo, teniendo ante sus ojos el
verdadero mundo y mostrándolo.
+ Metropolita Siluan
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