20 de mayo de 2007

Meditación de S. E. R. Monseñor Siluan

“La resurrección moral del mundo”

 

La Resurrección, en forma particular, es la primera y principal fiesta en la vida de la Iglesia Ortodoxa, porque pertenece, no solo, a la Resurrección de Cristo, sino también a la resurrección de cada persona y por consiguiente a nuestra propia resurrección. Por lo tanto, no solamente en el período de los cuarenta días, que separan entre la Pascua y la fiesta de la Ascensión, se celebra la Resurrección, sino cada domingo y en cada Divina Liturgia.

Cristo había resucitado, pero solo de la muerte simple, la muerte del cuerpo. Mas nosotros, habiendo sido muertos una muerte doble, necesitaremos pues una resurrección doble: La primera, en la que hemos resucitado el día de la Pascua - el Bautismo, del pecado. Con Él hemos sido sepultados y resucitamos con Él en el Bautismo. Pues la primera resurrección es de los pecados. Y la segunda resurrección es la resurrección del cuerpo. Cristo nos había otorgado la resurrección más importante (la espiritual), esperemos pues la segunda resurrección, la más simple. La primera es mucho más importante que la segunda. ¡Que el hombre llegue a liberarse efectivamente de sus pecados es mucho más importante que resucitar a un muerto por el cuerpo! Y si la causa de la muerte ha sido el pecado, pues la causa de la resurrección es liberarse de los pecados.

La resurrección es un derecho y solo le corresponde al hombre espiritual, y esto es lo que pasó con los discípulos (antes y después de la Resurrección). Por ello los atenienses no pudieron prestar oído a las palabras de Pablo, cuando comenzó a hablar de la resurrección. Quien ha experimentado la resurrección como arras en esta vida, le resultarán claros y serenos los siguientes significados: La resurrección es plenitud de la vida, luz, liberación y regocijo. Y esto es lo que expresan los cánticos del día de la Pascua en la Iglesia Ortodoxa.

La resurrección es luz de la Luz de Cristo. “La luz brilla en las tinieblas, [el Hades, el sepulcro] y las tinieblas no la vencieron” (Juan 1: 5), “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8: 12). La tiniebla es signo de la muerte y la maldición. Solo con la luz el hombre encuentra el camino de la vida y llega a la verdad. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Juan 14: 6). “Aquel que os ha llamado de las tinieblas a Su admirable Luz” (1ª Pedro 2: 9). Por la Resurrección la luz brota sobre toda la creación: “Ahora, toda la creación se había llenado de luz, el cielo y la tierra, y lo que está debajo de la tierra. Por consiguiente, ¡Que toda la creación celebre la Resurrección de Cristo en que se fortalece!” (Primer Tropario de la tercera Oda del Canon de la Resurrección)

La Resurrección es una liberación de la muerte y una participación de la vida verdadera: “¡Hoy es el día de la Resurrección, resplandezcamos jubilosos, naciones! Porque la Pascua es la Pascua del Señor. Pues en Ella, Cristo nos había hecho pasar de la muerte a la vida y de la tierra al cielo ¡Nosotros que cantamos el cántico de la victoria y del triunfo!” (Irmo de Oda Primera del Canon de la Resurrección).

Por la Resurrección, la alegría ya es posible: “¡Venid, bebamos una nueva bebida, no extraída por un milagro esplendoroso de una piedra muda; sino que es fuente de incorruptibilidad, por la emanación de Cristo de la tumba, en quien nos fortalecemos!” (Irmo de Oda Tercera del Canon de la Resurrección). El camino hacia la alegría fue inaugurado por la Cruz, así como lo dicen las Horas Pascuales: “Pues, he aquí, por la Cruz vino la alegría al mundo”. Cristo anticipó y habló de esta alegría con Sus discípulos antes de Su Pasión: “Pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Juan 16: 22b). Por la Resurrección, la vida rebosó nuevamente en el mundo: “En ella era la vida y la vida era la luz de los hombres”, mas “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 1: 4b. y 10:10b).

En conclusión, con la anulación del temor a la muerte y el desprecio a la misma muerte, aún de parte de las mujeres y niños, se manifestó la resurrección moral del mundo; las gentes se volvieron del amor a las cosas terrenales al amor de la vida de la resurrección. Y con la desaparición de la persecución, los ascetas inventaron, en lugar del martirio de sangre, al martirio de la conciencia (es decir la vida de las virtudes); en que el hombre muera todos los días por Cristo. El asunto no está relacionado con la resurrección de un solo joven o una sola Tabitá (Dorkás), sino en la resurrección del mundo entero, de las tinieblas del pecado y el error. Y el martirio - martirio de sangre o de conciencia - se ha devenido en la “sabiduría” de elección al bien verdadero (sabiduría de las serpientes) y no un “heroísmo”. Por ello vemos a los mártires desde la Iglesia primitiva, avanzando hacia la muerte buscando a Cristo, y siguieron sus huellas los ascetas y piadosos crucificados para el mundo y el mundo crucificado por ellos (Gálatas 6: 14). Y ahora, en nuestra vida actual, ofrecemos a la vez un testimonio de la vida veraz, así como lo indica nuestra exclamación pascual: ¡Cristo Resucitó!

 

 

+ Siluan                                
Arzobispo Metropolitano de Buenos Aires
Y toda la Argentina                 

 

Traducción: Rvdo. Padre Atanasio Salhany