Meditación de Su Eminencia Reverendísima Monseñor Siluan Muci
Correspondiente al Noveno Domingo de San Lucas
(12: 16 - 21)
"El rico necio"
Entre las cualidades del hombre moderno podemos distinguir sus ansias por las distintas ciencias y por el conocimiento, el desarrollo en su organización de vida, en la administración, en la búsqueda de beneficio y de productividad. Sus logros le han servido para sentirse seguro no solamente en la culminación de su vida sino también en su confort diario. El Evangelio de hoy nos habla sobre un hombre rico que se asemeja a éste, nuestro hombre moderno, quien acrecentó los bienes de su tierra y tomó la decisión de guardarlos. Se equivocó al tomar esta decisión porque el mismo Dios le había anticipado a Adán después de su caída que debía sembrar la tierra y comer de ella con el cansancio de sus manos y el sudor de su frente.
Lo que nos llama la atención en esta parábola del Evangelio de hoy es que la misma nos muestra que la abundancia material llevó a la ruina al hombre rico quien se entregó ante estos bienes pensando que le concedían el reposo y larga vida. ¿No es acaso esto lo que el hombre de hoy busca con todo su corazón? ¿O no vemos en la realidad diaria que se anhela este descanso que llega por la abundancia de bienes, de posibilidades y de conocimientos?
Las palabras de Jesús en el Evangelio trascienden el camino que decidió tomar este hombre y descubren su necedad: “Necio, esta misma noche vas a morir y lo que tienes guardado ¿para quién será?” Estas palabras nos revelan dos verdades: primero, que lo más importante que tiene el hombre no es el asegurarse su misma existencia biológica o su continuidad física, y, segundo, nos revelan que la satisfacción que tuvo este hombre rico en el bien material lo llevó a alejarse del Dador de todos los bienes.
El hombre ha sido creado a imagen de Dios, y esto significa que quien lo creó no ha de dejarlo “pobre”, ni material ni espiritualmente; el hombre tiene una existencia más eterna que la existencia material y, además, posee la dignidad más alta de todas como para ser consumido por los bienes materiales. Su verdadera vocación, en nuestro lenguaje de hoy, es el “consumirse” en Dios, significando con esto que Dios ha de ser el primero a quien se dirigen nuestros corazones, no buscando seguridad en nuestras distintas peticiones, las importantes y las que no lo son, sino buscándolo a Él. Por eso quisiera traer un ejemplo que muestra claramente éste tema y que lo vivimos en nuestros hogares: la reacción que tienen los niños cuando reciben un regalo es totalmente diferente. Hay quienes toman el regalo con alegría y juegan con él; hay quienes se quejan por la clase o la forma, y hay quienes se olvidan del regalo y se dirigen a sus padres y los abrazan agradeciendo. ¿Quién de ellos dio al regalo el valor que en verdad merecía? ¿Acaso quien lo usó o quien se dirigió agradecido a quien lo había regalado?
No son los bienes materiales la meta sino los medios para llegar al Dador. Estos son una expresión del amor de Aquel que nos regala. Por más que nuestros bienes se multipliquen no podemos dejar de sentir “hambre” por nuestro Creador. La satisfacción en los bienes y no en el Dador nos lleva a olvidarnos del encuentro que tendremos cara a cara con Aquel que permanece y no perece. Cuanto más nos esforcemos por llegar más cerca y enriquecernos de El será mejor. Los bienes son una ventana para poder ver el rostro del Único Dador, está en nuestras manos el abrirla o cerrarla.
Hemos llegado en esta semana al inicio del ayuno de la Bendita Fiesta de la Navidad, y puede ser éste, en verdad, nuestra ventana para ver el rostro del Único Dador de los bienes. El ayuno, en su esencia, es un enriquecernos no a la manera del necio quien corrió detrás de los bienes materiales para conseguir el descanso de su cuerpo, sino siguiendo el camino que va detrás del Dador de los bienes que concede el descanso, por su gracia, para nuestras almas. ¿No dicen las Escrituras: “Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás les será añadido”? Por eso, ¿Qué bien es mayor a Dios? Si lo olvidamos perderemos nuestras almas y todos nuestros tesoros. Que gocen de un ayuno bendito. Amén.