15 de abril de 2007
Homilía de S.E.R. Monseñor Siluan en ocasión del primer aniversario del fallecimiento de S.E.R. Monseñor Kirilos Doumat (Q.E.P.D.)
"La representación de la dignidad episcopal en la pasión del Señor"
Hoy nuestra Iglesia en Argentina ofrece, en esta Divina Liturgia, la oblación por el descanso en paz de Monseñor Kirilos y por su eterna memoria.
Por lo tanto, además de la oración, aprovechamos la oportunidad para meditar sobre la representación de algunos aspectos de la dignidad episcopal en la pasión del Señor, y tratamos de concentrarnos en tres imágenes: la imagen del Novio; la del Pastor y las ovejas y, finalmente, la de la vid y los sarmientos.
La primera imagen presenta a Cristo en medio de los soldados de Pilatos revestido de un manto púrpura, y sobre su cabeza una corona de espinas llevando una caña en Su Diestra. Este es el icono del “Novio” por excelencia, pues en él, la Iglesia contempla, por un lado, la máxima concretización del Amor de Cristo por el hombre; y, por el otro, Su Amor a Dios y Su Obediencia hasta la muerte y muerte en la Cruz. El Obispo es “novio” de acuerdo a esta imagen, pues su ornamento sacerdotal está simbolizado por el manto púrpura, su mitra por la corona de espinas y el báculo pastoral por la caña. Es un novio a la medida de su Señor que dice: “por ellos me santifico” (Jn 17:19). Y la santificación se realiza en la entrega y en la obediencia a la voluntad de Dios. Por esto la imagen del Novio representa el misterio de la santificación de la vida personal.
La segunda imagen, la del Pastor y la oveja, expresa la restitución de la relación filial entre Dios y el hombre, así como sucede en el misterio de la relación personal que tienen el Pastor y Sus ovejas, a quienes llama a regresar a la casa paterna. El Omofórion -palabra griega que significa: “llevado sobre los hombros”, vestidura con la que el Obispo reviste precisamente sus hombros- es símbolo de la oveja perdida que el Pastor ha encontrado y que lleva de vuelta al corral. Este es el misterio sobre el cual Cristo hace referencia al decir: “Yo soy el Buen Pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí; las llamo una a una y doy mi vida por ellas” (Jn 10: 14, 15 y 3). Eso es lo que pasó por la crucifixión.
La tercera imagen, la de la vid y de los sarmientos, expresa la realidad según la cual el regreso de la oveja perdida al rebaño no es suficiente en absoluto, ya que es necesario cuidar también la unión del rebaño. Esta es la verdad a la que el Señor se refiere cuando dice: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos” (Juan 15: 5). Aquí se revela el misterio de la unión de la fe y el amor. Y pese a que la mayor expresión de esta imagen es estar unidos, en un corazón, en la Eucaristía (como en la última cena), también debemos extender esto a las obras y no solo a los dichos, extenderlo a los brazos, a las mentes y a los corazones, en la planificación, en el trabajo y en la construcción, siempre y cuando en ellos encontremos la santificación de las almas y la edificación del hombre.
Pero esas tres imágenes que expresan tanto la santificación, el pastorear a las almas, como el velar por la unidad de la Iglesia en la fe y el amor, son reunidas en la imagen del Señor arrodillado en el monte de los olivos rezando con gotas de sudor como si fuesen gotas de sangre, antes de Su Pasión. Es también la estación de rodillas reverentes y de ferviente oración en el corazón del Obispo, en un corazón que debe unir a la Iglesia –a él, a sus sacerdotes, a su pueblo, a toda la Iglesia y hasta toda la Creación- y ofrecerla a Dios. Esta debe ser su Oración, por todo hombre.
No hay duda que la gracia más honorable en la Iglesia es la dignidad episcopal porque hace del Obispo un depósito del Espíritu Santo, vasija viva de la unción en medio de su pueblo. Ni hay duda que ningún hombre es digno de esta gracia, pero Dios quiere obrar en el mundo en secreto, y quiere que obremos con Él y nos honra a nosotros en Su Lugar, porque nos ama y quiere darnos “gracia sobre gracia” (Juan 1: 16).
Por eso, en este funeral por la eterna memoria de Monseñor Kirilos, agradecemos a Dios por su gran misericordia y por su gracia que nos ofrece indudablemente, aunque nosotros no mostramos siempre la debida gratitud. Pedimos que Monseñor Kirilos descanse en paz y que nos entregue ante el Trono de Dios según el versículo del salmo: “¡Aquí estoy con los hijos que me has dado”. Amén.
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Siluan
Arzobispo Metropolitano de Buenos Aires
Y toda la Argentina