Domingo Posterior a la Epifanía
Meditación de Su Eminencia Reverendísima Monseñor Siluan Muci
El Bautismo y el Arrepentimiento
“Arrepentíos porque el Reino de los cielos se ha acercado” (Mt 4:17)
Después de relatar la infancia de Cristo, el Evangelio de Mateo nos conduce directamente al relato de su Bautismo para introducirnos, luego, al inicio de su predicación. las primeras palabras de Cristo se conservan para que podamos escucharlas también nosotros “arrepentíos porque el Reino de los cielos se ha acercado”. Y San Mateo, al hablar sobre el inicio de ésta predicación reveladora, muestra como era la realidad que vivía el hombre antes de la venida de Cristo usando expresiones del profeta Isaías: “pueblo que se hallaba en tinieblas… sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte…”. Después de esto, el evangelista muestra como la encarnación de Cristo ha hecho brillar Luz sobre el pueblo. Esta realidad la hemos vivido en el día que celebramos Epifanía.
Nuestra Iglesia nos hace escuchar este texto precisamente el domingo posterior a la Epifanía porque comprende que los creyentes están ante una paradoja: por un lado hemos sido bautizados en Cristo y nuestros pecados han sido perdonados, pero por otro lado el Evangelio nos llama al arrepentimiento.
La pregunta es: ¿El bautismo solo, es incompleto? ¿Y si no lo es, cómo explicamos el llamado del Evangelio de hoy a arrepentirnos?
El sacramento del bautismo es una verdad, no es ni una imagen ni un símbolo:“Vosotros que en Cristo os bautizasteis, de Cristo os revestisteis”. Hemos sido lavados de nuestros pecados en la pila bautismal, hemos recibido la gracia del Espíritu Santo y hemos comulgado del Cuerpo de Cristo. San Nicolás Cabasilas (siglo XIV) compara estos pasos del sacramento con el ejemplo de un niño recién nacido: con la inmersión y la salida del agua el ser humano es limpiado de sus pecados, a esto lo llamamos nuevo nacimiento en el Espíritu, que se asemeja a la salida del niño del vientre de su madre. La unción con el Santo Óleo es el momento en el que el bautizado recibe del don de la vida en el Espíritu, y esto se asemeja al momento en el que el niño comienza a respirar y a realizar las distintas acciones de vida. La santa comunión, por la cual participamos del banquete de la vida eterna, se asemeja al niño cuando se alimenta de su madre.
Es así que el sacramento del bautismo nos hace nacer en Cristo, nos entrega el soplo de la vida, los dones espirituales y nos concede el alimento para continuar caminando por la vida y crecer en el Espíritu. Este don es gratuito, nos concede todas las posibilidades de vida en Cristo, pero con una sola y fundamental condición: que esta vida nos es entregada solamente si la aceptamos. Dios quiso entregarnos todos estos bienes, pero no quiere obligarnos. Si queremos vivir esta realidad, Dios nos la concede; pero si no queremos esta vida desaparece como si nunca hubiera existido. Esta vida se asemeja al padre que pasó su vida guardando dinero para su hijo, cuando éste creció le dio la libertad de usar el dinero, pero el hijo rechazó el recibirlo, entonces el dinero permaneció en su lugar.
El reino de Dios es nuestra última residencia, el lugar en donde estaremos junto a Dios. Somos llamados a ser ciudadanos de éste reino, viviendo y gozando de todos sus tesoros. Por medio del bautismo recibimos el poder para vivir en el reino, pero por el arrepentimiento conocemos como llegar a el, se nos revela el camino que debemos transitar. El bautismo es el punto de partida, el reino es el punto de llegada. En el medio de estos dos extremos, transitamos siempre por el camino del arrepentimiento. El tiempo de la vida presente es el tiempo para caminar por esta senda. Esto significa que debemos conservar las vestiduras de Cristo que recibimos en el bautismo, porque serán las vestiduras que hemos de lucir también en el reino. El llamado de Jesús de “arrepentíos”nos convoca a tomar nuevamente las verdaderas vestiduras del bautismo.
Vistámonos de la vestidura del arrepentimiento. Amén.
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Siluan
Arzobispo de Buenos Aires
Y toda la Argentina