Meditación de Su Eminencia Reverendísima Monseñor Siluan Muci

"El ejemplo de la verdadera filiación"

“Este es mi hijo amado en quien tengo complacencia” (Mt 3:17)

 

La imagen del bautismo de Jesús, que realiza Juan en el río Jordán, termina con una escena peculiar, desciende el Espíritu Santo en forma de paloma y se escucha la voz del Padre que dice: “éste es mi hijo amado en quien tengo complacencia”.

¿Qué llevó al Padre a dar tal testimonio? Antes de responder a esta pregunta no debemos olvidar que Jesús es el Verbo de Dios encarnado, o sea que posee en sí la Naturaleza Divina desde la eternidad, y que también tomó  carne de la Virgen María, lo que quiere decir que posee también la naturaleza humana. La Iglesia expresó esta fe en el Credo cuando decimos “Creo en un solo Dios”. Allí decimos que el Verbo es el “Unigénito” Hijo de Dios, y éste “Unigénito” no lo decimos en el sentido de que existan otros hijos, sino que su verdadero significado es el que nos asegura que hay una relación particular que une al Hijo con el Padre antes de todos los siglos: la incomparable relación de amor entre ellos.

Jesús como Dios no se diferencia en nada de Su Padre. Jesús mismo lo aseguró diciendo: “el Padre y yo, uno somos, el que me ha visto ha visto al Padre”, “nadie puede llegar al Padre sino es por Mí”. Estas son las palabras de Jesús que hacen referencia a su relación eterna con el Padre.

Pero, ¿Qué elemento nuevo nos trae el Evangelio de hoy? En la lectura del Evangelio de la Epifanía, el Padre no habla para presentar a Jesús como Dios ni para dar testimonio de la relación que los une desde la eternidad, sino para presentar al Jesús encarnado y, así, presentar la relación que los une. Lo que leemos es el testimonio que da el Padre sobre Jesús encarnado. Y el contenido de éste testimonio es que el Padre se complace en éste hombre que hace su voluntad. No hay dudas que la Encarnación del Verbo de Dios se realiza para revelarnos como puede el hombre llegar a ser dios en su cuerpo. Dios quiso revelarnos cómo cualquier persona, por más alejada de Dios que esté, puede comenzar a hacer Su voluntad de ahora en adelante. A partir de hoy no hay nada imposible porque hay quien puede hacer la voluntad de Dios siendo hombre. El testimonio que da el Padre es un claro llamado para que cada persona haga la voluntad de Dios y que sea éste la guía de su vida.

¿Cómo hizo el Jesús encarnado para complacer al Padre Celestial? La respuesta la encontramos en el Evangelio: Jesús vivió la voluntad de Dios con toda obediencia, humillándose hasta la muerte. Abandonó su gloria celestial, aceptó nacer en una gruta y habitar en un pesebre. Tuvo que escaparse de la persecución de Herodes, tuvo que soportar el hecho que niños inocentes murieran porque lo buscaban a él, tuvo que conocer el extraño exilio en Egipto, tuvo hambre después de su Bautismo cuando estaba en el desierto, tuvo sed cuando estaba junto al pozo al encontrar a la mujer samaritana. Vivió como si fuera un fugitivo, pues no tenía siquiera una almohada donde apoyar su cabeza, como lo dijo a aquellos que querían seguirle. Expulsó demonios que atormentaban personas, y recibió a cambio  que dijeran que El era un demonio. Tuvo paciencia con sus discípulos y oró por ellos, pese a que no creían totalmente en él, lo abandonaron dejándolo solo el día que fue apresado. Uno de ellos lo negó y otro lo traicionó. Otorgó la sanidad a los enfermos, la esperanza a los desesperados, anunció una nueva vida para quienes creyeran en él. No huyó de la muerte cuando llegó su hora. Obedientemente se dirigió a ella sabiendo todo lo que sucedería. No tuvo temor de la pasión, de los dolores, las penas, la muerte ni ningún tormento corporal, no temió los sufrimientos, las burlas ni las calumnias contra de él. No abrió su boca. Lo aceptó todo. Cargó con la cruz y subió a ella. No quiso probar vinagre ni vino. Murió sobre la Cruz diciendo: “perdónalos y no tengas en cuenta su pecado, porque no saben lo que hacen”.

El Jesús encarnado reveló el gran amor que el hombre puede ofrecer, humillándose a sí mismo totalmente, con paciencia, sin límites, y con oración venció la vanidad de los gobernantes, su humildad superó a todos. En pocas palabras, Jesús hecho hombre vivió la voluntad de Dios buscando la salvación de los hombres, con toda obediencia, con todo su ser, con todo su corazón. “Se humilló hasta la muerte y muerte de Cruz”, como lo dice San Pablo.

Este es el Hijo de quien se complace el Padre. Jesús no fue un “superman”. Fue un hombre con un cuerpo como cada uno de nosotros pero con la diferencia que éste hombre vivió la voluntad de Dios en su vida y la llevó a cabo hasta el final, hasta llegar a decir en la Cruz: “todo se ha cumplido” y entregar su espíritu.

Por eso San Pablo nos manda a tener la misma forma de pensar que tuvo Jesús. ¿Cómo se lo logra? Asumiendo la vida de Cristo en cada una de nuestras circunstancias, viviendo los mandamientos divinos en nuestras vidas, en una sola expresión, siendo “cristianos” de verdad. La tradición cristiana siempre lo ha dicho y los santos Padres vivieron esto por todos estos años.

La fiesta de hoy nos recuerda nuestro propio bautismo, el día que fuimos revestidos de Cristo como cantamos: “Vosotros que en Cristo os habéis bautizado, de Cristo os habéis revestido”, y Juan, el evangelista, definió a este bautismo que se nos ha dado como “el poder de ser hijos de Dios”. El mensaje es: el testimonio que da el Padre del Jesús encarnado será el mismo testimonio que se dará de cada uno de nosotros si vivimos como vivió Jesús. El Padre no nos pide algo imposible, sino que nos muestra el camino para cumplir ésta voluntad, y este camino es la fe en Jesucristo, el Único que puede abrir el camino a todos los que creen en él. Nuestra fe hace que Dios se mueva por nosotros para sacar todas esas montañas que interrumpen nuestro camino hacia él. Jesús dice a sus discípulos: “como me ha enviado el Padre así Yo también los envío a vosotros”. Y recuerden bien ¡Si Dios espera que nosotros seamos sus enviados para anunciar esta verdad y esta nueva realidad a los hombres, que no nos impresione el saber que Jesús tiene mucha más fe en nosotros que la fe que nosotros tenemos en él!

La alegría por el amor y la confianza de Dios hacia nosotros nos llevan a confiar en su palabra y nos alientan a hacerlas realidad en nuestras vidas. Cuando esto pase escucharemos su voz diciendo: “Venid a mí, benditos de mi Padre, hijos míos”. Amén.

 

+ Siluan                 

Arzobispo de Buenos Aires

Y toda la Argentina