Homilía de Su Eminencia Reverendísima Monseñor Siluan Muci
Correspondiente al Domingo Décimo Cuarto de San Lucas
(Lc. 18: 18-27)
“Los que ven y los que no ven”
Cualquier persona
opinaría que el cambio de la realidad actual de nuestro mundo en algo mejor
necesita tanto de un poder grandísimo, como de Dios ignorando a los hombres
difíciles. El evangelio de Lucas de hoy nos asegura que ésta opinión es falsa, y
lo vemos en la curación de un hombre ciego cerca de la ciudad de Jericó.
Tal vez aquellos que sostienen dicho razonamiento lo confirmarían escuchando el inicio
del Evangelio cuando Jesús pasa frente al hombre ciego como ignorándolo, como no
teniéndolo en cuenta, y llegamos a pensar así a veces cuando buscamos la ayuda
de Dios enfrentando dificultades y pruebas. Un análisis simple de lo sucedido
con éste hombre ciego y de su diálogo con Jesús nos lleva a los siguientes
puntos:
Podía el ciego, cuando supo que Jesús pasaría por allí, pedirle pan para comer
ya que era pobre, o tal vez pedirle directamente que lo sanara porque era ciego,
o hasta pedirle simplemente ayuda porque estaba solo. Y pese a su necesidad
tanto económica como física, lo vemos pidiendo misericordia: “Jesús, hijo de
David, ten compasión de mi”. ¿No nos parece extraño que su petición y su clamor
sea precisamente éste?
Por otro lado, cualquier persona podría esperar de aquellos que acompañaban a
Jesús, sabiendo que eran los más cercanos a él, el entendimiento de la situación
que vivía el hombre ciego, pero nos sorprendemos que la posición de todos
aquellos no fue la de apiadarse sino de reprimirlo para que se callase. ¿No nos
es extraño que estando con Jesús nos comportemos de esa manera entre nosotros?
¿El estar cerca de Jesús y el conocerlo no cambió nada en nosotros? ¿Acaso nos
consideramos los compañeros de Jesús y nos comportamos de la misma manera que
todos hicieron con el ciego?
Ante esta situación se detiene Jesús, y ordena que lo traigan ante su presencia
en frente de aquellos que lo hacían callar. Este era el momento para sanar no
solo al ciego sino también a aquellos que podían ver.
La oración del hombre ciego es exactamente lo que nos enseña el evangelio:
“buscad primeramente el reino de Dios y su justicia y lo demás os será añadido”.
El ciego había pedido misericordia primeramente, y se la concedió junto con la
vista. Pidió a Dios y terminó estando a su lado. La misericordia de Dios va más
allá de la vista, y estando el Señor en nuestros corazones se consiguen ambas
cosas.
La actitud del ciego tuvo dos frutos: conoció como orar y como pararse frente a
Dios y fue su actitud un clamor al Señor pese a todos los que lo rodeaban. En
efecto, muchos acompañaban a Jesús, pero solo físicamente. El ver a Jesús y el
acompañarlo no les había servido de nada. Tenían vista pero no veían. Sin
embargo el ciego supo como “ver” (esto es como creer y orar con convicción). No
obtuvo solo misericordia, sino también la vista. Y a ustedes más todavía: si
pedimos la vista para seguir lo más hermoso que hemos visto, seguir a Jesús, la
conseguiremos. Aquellos que acompañaban a Jesús parecían no ver, y la súplica
del ciego fue la puerta de un cambio radical: “En aquel mismo momento”, nos dice
el Evangelista, "se abrió la vista de todos “y toda la gente que vio esto,
también alababa a Dios”. La situación que vivía el hombre ciego ayudó a cambiar
a todos y permitir que glorificaran y alabaran a Dios.
Dios no ignora al hombre y su cambio no necesita de una fuerza grandísima. La
providencia de Dios es clara para quien “ve”, y su gracia es entregada a quien
la pide con fe y convicción. No seamos ciegos que tienen vista. La estrella de
Belén resplandecerá y nos guiará a la gruta. Nuestro ayuno es una preparación a
esta visión, visión que se dirige a Jesús que nacerá en un pesebre. Esta visión
nos cambiará el corazón y los ojos para pararnos junto al coro angélico y alabar
diciendo: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz y buena voluntad para
los hombres”. Amén.