3 de junio de 2007
Meditación de S. E. R. Monseñor Siluan
“La predicación de los Apóstoles es un testimonio más grande que Las apariciones
de Cristo”
Antes de Su Pasión, Cristo anunció a Sus discípulos que harán obras mayores de lo que Él hizo: “el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún” (Jn 14:12). Pero ¿Cuál es la naturaleza de estas obras? Cierto es que la Iglesia nada puede aumentar para con Cristo y Su Plenitud. Más todo su poder y autoridad ella los sacan de Él. Pues Él es la cabeza del cuerpo. La obra a la cual se refiere es que el mensaje del Evangelio, la Buena Nueva, se extenderá sobre la faz de la tierra mucho más que el Salvador ha hecho durante Su Evangelización terrenal, se aumentará, pues, el número de los unidos a Su Cuerpo, la Iglesia. Y en efecto, después de Pentecostés, los Apóstoles llevaron la Buena Nueva del Evangelio al mundo entero, y el libro de Hechos de los Apóstoles muestra como crecía la Iglesia por sus obras, se aumentaba el número de los fieles de forma milagrosa. Por ejemplo el día de Pentecostés, después del sermón de Pedro se unió a la Iglesia “unas tres mil personas” (Hch 2:41), y en otra vez muchos creyeron, hasta que “el número, contando sólo los hombres, llegó a unos cinco mil” (Hch 4:4). ¡Asombroso es, que las gentes vienen a la fe de este modo, sin que Cristo se les aparezca!
El cambio radical de los Apóstoles, de su vida anterior a la evangelización en Jesucristo, tuvo su gran impresión. Pues Pedro, él que negó a Cristo delante de una criada, anunció públicamente, ante la asamblea de los judíos y ante el mundo entero que: “A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hch 2:32). Murió, después de ello, crucificado, anunciando la Resurrección. No la negó aún ante los gobernantes. No temió a los judíos, más bien les inspiró a todos. En cuanto al Apóstol Pablo, el perseguidor de la Iglesia, se había devenido en el primer anunciador de la Buena Nueva. Después de haberse conducido en la buena (convertirse), dice: “Y si Cristo no había resucitado, vana es nuestra predicación y vana es vuestra fe” (I Cor 15:15-17).
Además de conducirse personalmente en el buen sendero, el regreso de los Apóstoles y la existencia de una comunidad creyente, la Iglesia, que predica y con mayor fuerza que antes, es una prueba decisiva de la Resurrección del Señor. Con el homicidio del Pastor los discípulos se dispersaron, como lo dice las Escrituras: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas...” (Mt 26:31). Pero el volverse juntos con certidumbre, aumento y crecimiento de la Iglesia es una evidencia que la obra no es obra de un muerto sino de un vivo. El momento de la Crucifixión, los Apóstoles dejaron a Cristo y volvieron a sus prácticas habituales. Para ellos el mensaje llegó a su fin la tarde del viernes ante la Cruz. Efectivamente, los Apóstoles fueron atacados por la desesperación ante el juicio de Cristo y huyeron. Cuanto Cristo entro para con los discípulos, estaban reunidos en el altillo por temor a los judíos. Pero después de la Resurrección predicaron con entusiasmo y comenzaron a declarar públicamente que son discípulos de Cristo y que Él resucitó de entre los muertos, y murieron para afirmar la Resurrección de Cristo: “Los Apóstoles daban testimonio de la Resurrección del Señor Jesús con gran poder” (Hch 4:33). La Resurrección ha sido fundamento y centro de la predicación de los Apóstoles, a pesar de que ha sido más grade obstáculo, así como ocurrió con pablo ante el Areópago (Hch 17:32).
El ejemplo y las obras de los Apóstoles después de la Resurrección son una prueba más resplandeciente que las Apariciones de Cristo. Los milagros en Nombre de Cristo han sido más importantes que las apariciones, pues han hecho creer al mundo entero y no sólo a los discípulos. Cristo, pues, murió públicamente, pero resucitó y apareció sólo a los Suyos. El poder de la Resurrección se manifestó con la esparcimiento de su noticia sin que Cristo apareciera públicamente, más bien por la predicación de los Apóstoles solamente. Y a pesar de las diversas persecuciones y los ataques contra las enseñanzas de la Iglesia, el cristianismo y la Nueva de la Resurrección se expandieron con terrible velocidad, y esto es un asunto imposible que se realizara con el poder de un muerto. Pero, por el poder de la Resurrección, los Apóstoles realizaron obras más grandes que las de Cristo, divulgaron, pues, la Buena Nueva y obraron los milagros con sólo invocar Su Nombre (Hch 3:6, 4: 10), o por el paso de sus sombra sobre los enfermos (Hch 5:15); la justificación de esto es que si Cristo no hubiese resucitado, no se hubieran hechos milagros como estos en Su Nombre. En síntesis, ¿Será posible resucitar a los muertos en el nombre de un muerto?, según la expresión del Crisóstomo.
A lo largo de su
historia y hasta esta hora, La Iglesia había permanecido dando testimonio de
ello por medio de sus santos, no solo con las palabras y las intensiones, sino
por la labor perseverante, el sacrificio, la oración, la búsqueda y la
realización de la voluntad de Dios con toda su fuerza. La fiesta de todos los
santos, que estamos celebrando hoy en nuestra Iglesia, nos hace recordar que la
permanencia de la santidad sobre la faz de la tierra depende de nosotros, si
creemos en que la santidad es derramada por Dios sobre Sus hijos por Su excesivo
Amor a aquellos que en verdad Lo quieren. Amén.
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Siluan
Arzobispo Metropolitano de Buenos Aires
Y toda la Argentina
Traducción: Rvdo. Padre Atanasio Salhany