Sermón con relación al Evangelio (Lucas 2: 22 - 40)

Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo

 

"La Presentación" entre la Crucifixión y la Resurrección

“Ahora, Señor, puedes, según Tu Palabra, dejar que Tu siervo se vaya en paz”

 

El 2 de febrero, la Iglesia celebra la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, y en ella cada uno, José y María, presenta a Jesús en el Templo (Lucas 2: 22 - 40) según la costumbre judía de ofrecer a Dios, en el Templo, todo varón primogénito; y en el marco de esta ocasión, Simeón lleva a Jesús en sus brazos y escuchamos de él palabras proféticas, las primeras con relación a Jesús y las otras con relación a María, que figuran el contenido entero del Nuevo Testamento.

En su primera profecía, Simeón dijo: “Ahora, Señor, puedes, según Tu Palabra, dejar que Tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos Tu Salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a las gentes y gloria de Tu pueblo Israel” (29 - 32). Con estas palabras suyas, Simeón había expresado que ya puede morirse (Libérame de mi cuerpo), puesto que ya ha visto a Quien deseaba ver, a Quien lo está llevando ahora en sus brazos. Es necesario mencionar que Abraham, Moisés y Elías han deseado ver en el Antiguo Testamento lo que Simeón ha visto, pero su deseo no se realizó. Las palabras de Simeón contienen una fe en Cristo, basada en no temer a la muerte (porque moriría en paz), y por consiguiente, en su fe en la Resurrección. Es una interpretación de las palabras de Cristo “El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Juan 11: 25b). El anciano Simeón, reveló esta verdad, desde que llevó a Jesús en sus brazos. Él es el primer Apóstol, en el Nuevo Testamento, de la resurrección de entre los muertos, y con ello precedió a todos los Apóstoles, con quienes Jesús permaneció durante cuarenta días después de la Resurrección, explicándoles esta verdad con muchas pruebas.

Pero las otras palabras de Simeón, las dirigidas a la Virgen: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.”(34 - 35). Él habla de lo que ocurriría sobre la Cruz. La Cruz de Jesús será un signo que algunos aceptarán y otros rechazarán. Los jefes de los judíos rechazaron el signo y los que pasaban injuriaban a Jesús y burlaban de Él y le pedían de bajarse de la Cruz para que creyeran en Él; mientras otros tantos, como el ladrón de la derecha y el centurión, anunciaron su fe en Él mientras estaba sobre la Cruz.

De otra parte y en el marco de esta ocasión, Simeón habla de la espada que atravesaría el alma de María, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos. El objetivo aquí no es hablar de una espada materialística efectiva, más bien el significado metafórico que expresa lo que se residiría en el corazón  de María, en cuando contemplara a Su Hijo, sufriendo voluntariamente, sobre la Cruz. La espada es una figura de la experiencia que María está por vivir al lado de la Cruz, pues La invadirán pensamientos tales como: ¿Cómo es posible que Aquél Todopoderoso muera injuriado? ¿Cómo es posible que aquellos, a quienes curó sus enfermedades, resucitó a sus muertos y consoló a sus afligidos, despreciaran a su propio Benefactor? ¿Cómo cargaría sobre Sí todo este suplicio, corporal (golpes, azotamiento y crucifixión) mental (injuria, burla y abandono) y espiritual (apartar de Él el cáliz) (Lc. 22,42) (Mt. 26,39) (Mc. 14,36) por aquellos que Le odian? Es un asunto difícil aceptarlo por cualquiera persona, ¿pues cómo será si ésta ha sido Su Madre? Por tanto, Su Pena será grande, semejante a una espada que atraviesa Su Corazón. Los himnos eclesiásticos manifiestan el dolor de la Virgen, en cuando lo vea a Su Hijo y Dios siendo crucificado, desnudo y humillado por Su pueblo, pero a la vez nos anuncia Su alegría viéndolo Resucitado de entre los muertos.

Las palabras del anciano Simeón revelan lo que implica la Obra de Jesús, el momento en que se realizó Su Presentación en el Templo: hablan de la crucifixión y de la resurrección. Su Consagración en el Templo revela el mensaje, Su Mensaje por las gentes y su salvación.

La Iglesia conservó la costumbre de presentar a los niños en el Templo, a los cuarenta días de su nacimiento. Aquí nos hace pausar, que lo revelado por el anciano Simeón arroja la luz  sobre el significado de ofrecer a nuestros hijos en el Templo. La ofrenda significa, de un lado, que reconocemos que nuestros hijos no son nuestros sino de Dios, y del otro lado, que estamos encargados en que se realice en sus vidas y en ellos la Voluntad de Dios. Es una oportunidad en la que ofrecemos “a nosotros mismos y mutuamente los unos a los otros y toda nuestra vida a Cristo Dios”, como decimos en todas nuestras oraciones. En fin es una convocatoria, primeramente a nosotros y luego a nuestros hijos, para que nos ofrezcamos a nosotros mismos a Dios con plena fe, en Su Palabra Vivificadora y en Su Buena y Salvífica Voluntad. Entonces exclamaremos con Simeón: “Ahora, deja que me vaya en paz”, Amén.

 

+ Siluan                   
Arzobispo de Buenos Aires
Y toda la Argentina         

 

Traducción: Rvdo. Padre Atanasio Salhany