Domingo de Ramos

  Meditación de Su Eminencia Reverendísima Monseñor Siluan Muci

 

"El fin que se aproxima"

“Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura”

 

Entre Betania y Jerusalén, y en el intervalo que separa la resurrección de Lázaro y la Pasión de Jesús, se puede observar un gran contraste, se descubre una multitud de reacciones, conductas e intenciones. Si se emprende un esfuerzo para separar estos elementos, indudablemente, revelarán una variedad de categorías en la recepción de los hombres con relación a Jesús, al cumplir Su Obra de Salvación en Jerusalén. Según lo relatado en el Evangelio del Domingo de Ramos, ¿Cómo recibieron a Jesús los hombres?

En Betania, Simón, el leproso, ofreció la cena (Mt 26:6); Lázaro participó de la misma y su presencia se ha devenido en  una ‘señal’ de la victoria de Cristo sobre la muerte; Marta proporcionó el servicio de la mesa; María ofreció el “perfume muy caro” y lavó los pies de Jesús con su pelo; Judas consideró traicionar a Jesús y condenó la acción de María; allí también a la entrada en Jerusalén, los discípulos pusieron sus mantos sobre el asno (Mt 21:6) y mostraron confusión y falta de conocimiento; la gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino (Mt 21:8) y las ramas de los árboles de palma, y gritaron la alabanza triunfal; los Sumos Sacerdotes deliberaron conspirando para matar a Jesús y también a Lázaro.

Poniendo orden para con esta diversidad de elementos contradictorios, uno es conducido a un entendimiento más profundo del espíritu de los eventos que están ocurriendo. A pesar de la luminosa y carácter festín de las dos recepciones de Jesús -la del sábado en Betania y la del domingo en Jerusalén- una anticipación de la Pasión de Cristo, del sacrificio voluntario y de muerte salvadora, está introduciéndose. Una indicación de los próximos acontecimientos, en realidad, es discernible. No teniendo en cuenta la intención de María, su acción de derramar el ungüento ha sido elogiada por Jesús como evidencia de Su propia victoria sobre la muerte, más aún, como un hecho que ha de acompañar la predicación del Evangelio (Mt 26:13). Las mujeres portadoras del bálsamo, en el día de la Resurrección de Cristo, perderían esta oportunidad de ungir el cuerpo de Jesús, como ha sido la costumbre judía, porque, en aquel entonces, Él se habrá resucitado. La ocasión presente es, de hecho, la última proporcionada a ellos. Desde que el ungüento ocurrió antes de que Jesús esté llevado a la muerte, esta acción, asombrosamente, anuncia la Resurrección de Cristo que ha de llegar.

Sin embargo esto parece ser paradójico, la tristeza y la oscuridad de la Pasión son increpadas con la alegría, en estos dos luminosos días. Porque, de un lado, Judas está considerando traicionar a Jesús; por el otro lado, los sumos sacerdotes estaban maquinando para dar muerte a Jesús, y para destruir la evidencia de Su Fama actual, es decir matar también a Lázaro (Jn 12:10). En la efervescencia de la alegría presente y la violencia venidera, la figura de Jesús imperceptiblemente aclara los eventos que están ocurriendo, y los señorea con una presencia que, en verdad, se encuentra sólo en Él. Aunque Él acepta los honores hechos en consideración a su persona, es decir la cena de Simón el leproso, el acto de ungir de María, la recepción de la muchedumbre y su alabanza; ¡Su mente, en efecto, esta siendo fija en el tiempo de la gloria por venir, es decir su pasión! ¡Porque, alabando a María por su acción, Él habla con relación al día de su entierro; y cuando fue aclamado por la muchedumbre como un Rey, Él entra en la ciudad sobre un asno, como si Él estuviera siendo ‘entronizado’ en él! ¡Llena el ambiente de una variedad de divinas “fragancias”; con la “fragancia” de la humildad, pues viene montado en un asno (ver Jn 12:15); con la “fragancia” de mansedumbre, pues siendo alabado o a punto de ser traicionado, Él permaneció tranquilo, dirigiéndose constantemente hacia el cumplimiento de la Voluntad del Padre Celestial (ver Jn 17:4); con la “fragancia” de la paz, pues el Rey que está entrando prefiere, para reinar, no matar sino ser matado!

Al aproximarse, el fin nos convoca. Si, justo después de su entrada triunfal en Jerusalén, Jesús lloró por ella, porque la santa ciudad lo rechazó así como a su mensaje también (Lc 19:41) ¿que sería su reacción para con la recepción que nosotros le estamos preparando con relación a su entrada en nuestros corazones? ¿Habría Él de llorar por nuestra falta de arrepentimiento y dureza de corazón; o por la ambigüedad de nuestra actitud al recibirlo, una vez exclamándole: “¡Hosanna!”, y poco después gritar furiosamente: “¡Sea crucificado!” (Mt 27:22)? Cualquiera sea nuestra conducta, no perdamos nuestra serenidad. Seamos atentos a nuestro arrepentimiento. Porque, sólo al final, los discípulos pudieron entender lo que pasó al principio; sólo cuando Jesús fue glorificado (Jn 12: 16). Recibamos, pues, ávidamente, con el debido arrepentimiento, a Cristo que viene a nosotros, teniendo en nuestra mente lo que está escrito: “No temas, hija de Sión; mira que viene tu rey” (Jn 12:15). Amén.

 

+ Siluan                                
Arzobispo Metropolitano de Buenos Aires
Y toda la Argentina                      

 

 

Traducción: Rvdo. Padre Atanasio Salhany