Segundo Domingo de San Lucas

 

 (2º Cor 6: 1-10; Lc  6: 31-36)

"La Regla de Oro"

Homilía del Rvdo. Archimandrita Michel Boghos (actualmente en Canadá),  5 de octubre de 2003.

 

Dijo el Señor: “Lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Mas bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos. Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo.”

 

Algunos se preguntan si los cristianos viven su fe o es qué la vida de los cristianos hoy señala al cristianismo, o su vida está tan lejos de los mandamientos de Dios y por consecuencia de Dios mismo. Es que los cristianos en general, no solo no practican su fe sino que también la desfiguran y dan una imagen mala de Cristo y del cristianismo. Todas estas cuestiones son justas, pues la gente que las realiza tiene razón.

El evangelio de hoy trae una respuesta a todas estas preguntas, y ustedes van a juzgar si es así o no, si los cristianos desfiguran la palabra de Dios o no.

Veremos juntos el párrafo de hoy, donde el Señor hace una profunda evaluación del comportamiento humano y la posición que debe tomar cada uno de nosotros con los demás, por eso lo llamamos “la Regla de oro” (lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente.)

Está claro el valor de esta verdad, pero nosotros los cristianos como vivimos lejos de Dios, dominados por el pecado, interpretamos esta frase de una manera incorrecta: Quieren que los honren, los respeten, los ayuden, los sirvan, los amen, entonces hagan vosotros  con ellos lo mismo.

Esta opinión tiene un gran y esencial peligro; sin intención o sin conciencia invertimos el sentido de la verdadera vida, o esto que nosotros llamamos la regla de oro. Por consiguiente, significa que nosotros no entendemos bien el significado de la ayuda, del sacrificio, de nuestro amor hacia los otros, porque al final tal ayuda, tal sacrificio, tal amor, sirven a mi interés personal. Así como yo actúo con el otro, él actúa conmigo, es decir, que yo espero del otro  las mismas obras que yo hice con él, te doy – me das. Es un puro negocio comercial, y esto es la corrupción en la vida.

Siguiendo la Palabra de Dios en este evangelio, Él nos aclara la naturaleza de esta regla de oro, Nos dice: “si amáis, si ayudáis, si hacéis bien, si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir ¿qué mérito tenéis? también los pecadores hacen lo mismo. Mas bien vosotros amad a vuestros enemigos, haced el bien sin esperar nada a cambio”, eso significa que uno actúa partiendo de su amor y no del interés personal. Es posible que uno ayude a otra persona. Pero la ayuda para nosotros venga de otra persona y no de la que ayudamos. Porque, en definitiva, la ayuda y el auxilio viene de Dios. Él nos enseña, con estas palabras, el verdadero y profundo amor hacia los otros.

El verdadero amor de un cristiano está en saber que él no hace nada extraordinario con el prójimo, sino que él cumple su deber, por esto no pide ninguna recompensa de Dios ni de los otros, al contrario él ofrece su amor tomando en cuenta el interés de su prójimo. Por esto el cristianismo es difícil, por esto nosotros los cristianos estamos lejos de dar una buena imagen de Dios y de nuestra fe.

Esto es lo que nos pide el Señor hoy, ponernos en el lugar del que sufre, del que tiene hambre, del enfermo, ponernos en lugar de aquel que tiene necesidad de nuestra ayuda y de nuestro amor.

Este es el mensaje que Dios tiene para nosotros hoy, tal vez podamos entenderlo y vivirlo siguiendo su mandamiento: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.” Amén.

 

Rvdo. Archimandrita Michel Boghos