Tercer Domingo de San Lucas

(2ª Cor 9: 6-11 - Lc 7: 11-16)

"La Viuda de Naim"

Homilía del Rvdo. Archimandrita Michel Boghos (actualmente en Canadá),  19 de octubre de 2003.

 

En aquel tiempo: Sucedió que Jesús se fue a una ciudad llamada Naim, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: “No llores.” Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: “Joven, a ti te digo: Levántate.” El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros”, y “Dios ha visitado a su pueblo”. Y lo que se decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.

Queridos hermanos:

 En nuestra vida hay quien nos sigue paso a paso; dondequiera que vamos o estamos; en cualquier momento de nuestra vida. Está con nosotros en todo lugar como si fuese nuestra sombra. ¿Quién es?... Es la muerte... Por eso no debemos asombrarnos cuando escuchamos que tal o cual persona murió súbitamente. Porque después de la caída en el pecado estamos condenados a muerte, y ella no conoce tiempo ni lugar; tampoco edad. Ya sea grande, o pequeño; joven o anciano, nos golpea sin piedad.

Esta mujer de Naim, fue golpeada por la muerte en dos oportunidades. La primera, con su esposo, por eso era viuda: y la segunda con su hijo único. Por eso su dolor era doble, y estaba llorando con profunda tristeza.

El Señor, viéndola, inmediatamente “tuvo compasión de ella” y sin pedirle nada, ni examinar su fe, como es costumbre en Él, le dijo: “No llores”, se dirige a la mujer con cariño, es una muestra del amor del Señor a la gente que está sufriendo.  Y sin esperar ninguna respuesta de ella, se dirigió directamente al hijo y dijo: “Joven, a ti te digo, levántate”, acá habla con poder, con toda la autoridad que tiene sobre la muerte. Por eso dio orden: “Levántate”, pues era consciente de Su Poder Divino.

En este punto quiero detenerme para meditar con ustedes el milagro de hoy; en este día en el cual celebramos, en este país, el día de la Madre.

En primer lugar quiero decir que la muerte es una realidad. Y algún día, cada uno de nosotros va a cerrar sus ojos y va a atravesar esta puerta llamada muerte. Pero, hay también otra realidad, es la resurrección. Y si la muerte es severa e injusta, la resurrección es esperanza y consuelo. Si la muerte es amargura, la resurrección es dulzura y además, es el corazón de nuestra predicación cristiana.

Lo segundo que quiero meditar con ustedes es la compasión que sintió el Señor por esa madre viuda que había perdido a su hijo. Y como dijimos, el Señor no le preguntó nada, ni sobre su fe, ni su nombre, ni su raíz, ni su raza. Su dolor era tan fuerte, que el Señor resumió toda su obra redentora en este milagro, al resucitar al hijo de esta madre. El Señor lo hizo por ella (y hay muchos hoy que dicen que la intercesión de la Madre de Dios o de los santos y de aquellos que nos aman, no sirve. Aquí tenemos un indicio claro de que Cristo hizo el milagro por la madre)

La maternidad y la paternidad son imagen de la paternidad de Dios. Aquí quiero insistir en que no es suficiente que una mujer de a luz para que sea madre. Sino tiene que acompañar a su hijo en toda su vida; y en su muerte, estar a sus pies llorando, anhelando sacrificar su vida por él. Ella da a su hijo una buena educación para que merezca ser llamado hermano del Señor Jesucristo e hijo de Dios por gracia.

Un filósofo dice: “Quien llega a la alegría de sembrar (dar a luz), tiene que cansarse para cosechar (la educación)” Para nosotros, los cristianos, la educación no es sólo social. No es suficiente ser una persona buena para la sociedad. Sino insistimos en ser un buen cristiano. Porque al fin, nuestro propósito en la vida es liberarnos de la muerte y obtener la resurrección; y estar en la presencia de Dios para participar, con Él, de Su Reino Celestial.

Y si no llega a esta condición, seguiría muerto y su madre continuaría llorando por él.

Después de este milagro de hoy, la tristeza no es sólo que la madre pierda a su hijo; pues esto es algo temporal. Pero la mayor tristeza es si la madre no puede ser causa de la resurrección de su hijo, como fue la madre del evangelio de hoy.

 Finalmente quiero felicitar a todas las madres en su día, y especialmente a las madres de nuestra comunidad, y además nuestro Padre y Arzobispo Monseñor Kirilos me llamó desde Siria y me pidió que les transmitiera su bendición y su felicitación a las madres en su día.

Dios los bendiga a todos, y muy feliz día.  Amén.