Quinto Domingo de San Lucas
(Gál 1: 11-19 - Lc 16: 19-31)
"El Rico y Lázaro"
Homilía del Rvdo. Archimandrita Michel Boghos (actualmente en Canadá), 2 de noviembre de 2003.
Dijo el Señor: “Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico... pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: 'Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama'. Pero Abraham le dijo: 'Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros.' “Replicó: 'Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento.' Díjole Abraham: 'Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.' Él dijo: 'no, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán.' Le contestó: 'Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite'.”
Conforme al Evangelio de hoy, podemos ver nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Podemos observar que estamos acá y hacia dónde vamos, qué es lo que quiere Dios de nosotros. Todo está claro en este Evangelio, para que nadie lo malinterprete o se anime a decir: Dios no quiere esto o no desea aquello.
Hace dos mil años, un hombre-Dios, tomó nuestra carne, y habló de esta manera diciendo que el ser humano tiene que vivir con dignidad, y que nadie debe quitarle ese derecho. Hace dos mil años, el Señor, que no era un sociólogo, ni estudió en la universidad, tampoco era miembro de las comisiones de derechos humanos, dijo eso. Hoy, hermanos, nosotros que vivimos en esta ciudad, en este país, podemos entender mucho mejor este texto; pues si hay en la sociedad ricos y pobres, y no existe esta clase a la que denominamos “clase media”, es decir, una clase que viva con dignidad, sin padecer necesidades, entonces ¿qué es lo que pasa en esta ciudad?...Aumenta el crimen, el robo, la delincuencia. Hace dos mil años, el Señor no criticó a los pobres o a los ricos, sino a la excesiva pobreza y riqueza y a tanta diferencia social.
En este texto del Evangelio encontramos dos personajes, un pobre llamado Lázaro, cuyo nombre significa: “Dios ayuda”, y un rico. En este caso, el rico no es malo por ser rico, ni el pobre es bueno por ser pobre. Cuando decimos que el rico es malo, esto es porque no tenía buen corazón; y el pobre es bueno, no por causa de su pobreza sino porque tenía un buen espíritu, un buen corazón. Allí radica la diferencia; no en el dinero. Hecha esta aclaración, podemos comenzar a hablar de este Evangelio.
Muchos refieren, como dijimos, la condenación del rico a su abundante riqueza. Y consideran que la justificación de Lázaro es en razón de su pobreza. Y partiendo de este punto de vista, formulan conceptos teológicos sobre la posición de la Iglesia respecto a la pobreza y a la riqueza. Hay un número importante de teólogos que hablan así. Sin embargo, consideramos que la riqueza y la pobreza son un gran problema en nuestra sociedad. Y tratamos de enfrentarlos, en este tiempo presente.
Nuestro Señor Jesucristo no pretendía justificar la pobreza; no quería que haya gente muriendo de hambre y otros que mueran por comer abundantemente. Él no justificaba al pobre por su pobreza sino por su estado espiritual. Y al rico lo condenó por su mala actitud, porque no tenía sentimientos, porque entraba a su casa y cada día celebraba espléndidas fiestas con sus amigos, mientras que el pobre estaba a la puerta. Todos sus invitados eran ricos, es posible que también haya habido sacerdotes entre ellos. Porque hay sacerdotes que les gusta visitar las casas de los ricos. Como así también hay ricos que les gusta decir: “hoy pasó por casa el sacerdote y lo ayudé”. Esto no debe ser así; pues nosotros, los sacerdotes, debemos guardar nuestra dignidad.
Dentro de la casa del rico, estaban comiendo. Con esta clara imagen el Apóstol San Lucas (que además era pintor) nos retrata la situación. Comían y el piso de la casa estaba lleno de comida tirada, mientras que el pobre no tenía nada. Y aún peor, los perros venían a lamer sus llagas, para alimentarse de ellas. Él no tenía para comer, pero aún así, alimentaba a los perros con sus llagas. ¡Qué imagen más cruel y dura! Y así somos nosotros. ¡Qué dura era aquella persona! No sentía nada. No se compadecía de su hermano pobre. Éste es el problema. No era su riqueza, pues Dios le dio bienes para usarlos, sin embargo él pensaba en comer y llenar su vientre. Pensaba además que podía vivir por muchos años y que no iba a morir jamás. Pero, ¿qué sucedió?... Ambos murieron.
Todos los cristianos debemos entender que la Iglesia está en contra de la desigualdad; en contra de la excesiva pobreza y riqueza. La Iglesia desea la igualdad, quiere que toda la gente pueda vivir con dignidad, porque Dios lo enseñó así; las Sagradas Escrituras así lo expresan. Porque, según la Biblia, la riqueza y la pobreza son dos situaciones extremas e inaceptables, y el hombre tiene que rechazarlas, o por lo menos, no tiene que desearlas. Dice el escritor del libro de Proverbios (Pr. 30:8) “No me des pobreza ni riquezas; Manténme del pan que he de necesitar” Dame sólo lo que necesito para vivir, para no tener que pedir a nadie, para no pasar necesidad. Esto es vivir con dignidad. Pero, a pesar de esto, mucha gente se encuentra a sí misma en uno de estos dos estados, por la falta de justicia. Y el hombre está llamado a sobrepasar esta prueba o tentación. Sin embargo no sabemos vivir como pobres, no sabemos aguantar ni soportar sin quejarnos y sin insultar a Dios; tampoco como ricos sabemos vivir, no pensamos que hay gente que tiene necesidad, y que si tengo algo es porque Dios me lo dio para ayudar. Ni los que somos pobres, que creo que es la mayoría de nosotros, ni los ricos sabemos estar satisfechos y dar gracias a Dios por lo que tenemos.
Y llegar a un equilibrio, propone que el hombre alcance un estado de madurez espiritual, para repetir con el Apóstol Pablo: “He aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia: en todo y por todo estoy enseñado, así para hartura como para hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.”(Filipenses 4:12) La riqueza y la pobreza ponen al hombre en una prueba, y lo colocan frente a una trampa. Y lo más importante y que además juega un papel fundamental en la vida espiritual, es poder sobrepasar la prueba.
Por ejemplo, Lázaro no fue justificado por Dios a causa de su pobreza, sino por su paciencia y su longanimidad. Mientras que el rico no fue condenado por Dios a causa de su riqueza, sino lo juzgó Dios por la forma en la que llegó a obtenerla y por la manera de usarla.
Por eso dice la Biblia que Abraham era muy rico, “era muy rico en animales, plata y oro” (Génesis 13:2), y a pesar de esta riqueza, el “seno de Abraham” es símbolo de la beatitud divina. ¿Por qué Abraham, siendo rico, estaba en el cielo y aquél rico estaba en el infierno?... Los dos eran ricos, pero Abraham sabía cómo usar su riqueza para bien, por eso se fue al cielo.
El rico y el pobre murieron. La muerte nos hace a todos iguales. Por eso, el rico y el pobre se igualan en la muerte. Pero no se igualan después de la muerte. El rico, después de su muerte, estaba “en el Hades entre tormentos” porque se enriqueció de vanagloria, “se vistió de púrpura y lino, y celebraba todos los día espléndidas fiestas” Y el dinero alimentaba su egoísmo de manera que se olvidó de Dios y se olvidó de que su hermano, sentado a la puerta, necesitaba ayuda. En cambio el pobre fue “llevado por los ángeles al seno de Abraham” Él fue puesto a prueba a través de la pobreza, y mostró su madurez espiritual y su capacidad para soportar, dando siempre gracias a Dios. Como resultado de esto estaba, después de su muerte, cerca de Dios, participando de Su gloria.
La muerte es igual para todos, todos nosotros vamos a pasar por esa experiencia. Los ricos van a morir y los pobres también. Eso es así. Pero aquí se nos plantea una pregunta importante: ¿Somos iguales después de la muerte?... No. El evangelio de hoy nos responde: "No". Así como no somos iguales antes de la muerte, no somos iguales después de la muerte. En la muerte ciertamente somos todos iguales. ¿Por qué no somos iguales antes y después?... Simplemente porque en la tierra hay ricos y pobres, no hay igualdad. Después de la muerte no hay ricos ni hay pobres sino que hay gente en el infierno y hay gente en el seno de Abraham, en el cielo; no son iguales.
En este Evangelio, podemos ver claramente la idea del juicio final. Parte de la humanidad va a ir al infierno y la otra parte va a sentarse con Dios en Su gloria. Dios no toma venganza. Es el hombre quien se condena a sí mismo. Sus pecados van a ser descubierto ante sus ojos, entonces va a vivir lejos de Dios. Esto es el sufrimiento en sí mismo. Esto es el Infierno.
Y el rico que estaba en el infierno dijo una frase muy dura. Y observen cómo el Señor es severo con los pecadores, es increíble: "envía a Lázaro a que moje..." ¡por Dios, lean esta frase!... "envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua." Sólo necesitaba una gota de agua. Miren la descripción de la situación en el infierno, necesitaba una gota de agua Ni toda su riqueza, ni todo su dinero podía comprar esa gota de agua. Hermanos, ¿acaso no merece que lo meditemos y reflexionemos un poco? Nosotros, en este mundo ¿no necesitamos reflexionar? ¿Vamos a seguir así?
Añadió también, "mira tengo cinco hermanos, mándalo a casa de mi hermano" Pienso que él quiere enviarlo a nosotros hoy. Quiere mandar a Lázaro a nosotros porque sabe cómo vivimos actualmente, vivimos igual que aquel rico.
Y a pesar de la situación en la que él estaba, podemos ver que el ser humano tiene algo bueno en su interior, jamás se pierde del todo, al menos cuando está ante la presencia de Dios, porque todo ser humano tiene algo de Él. A pesar de su sufrimiento pensaba mandar alguien a sus hermanos para que no lleguen a ese estado. Era suficiente lo que le pasaba a él. Y nosotros también tenemos que cuidarnos, porque como dice Abraham, tenemos la Palabra de Dios, tenemos que leerla para aprender cómo debemos vivir como cristianos. No es suficiente decir: “yo soy cristiano” Es una carga más si yo digo que soy cristiano y no vivo como cristiano.
En este texto, hermanos, también hay otra cosa muy importante que debo decirles; está claro que después de la muerte hay vida, hay resurrección, pero hay una parte de la gente que se irá al cielo, otra parte que se va a ir lejos de Dios, y va a sufrir porque va a descubrir sus pecados, va a tomar conciencia de que vivía apartada de Dios y que seguirá viviendo así. Va a sufrir como sufre este pobre rico, porque en verdad él es el pobre. Y es esto porque está lejos de Dios.
Tenemos que aprender de este Evangelio, tenemos que reflexionar sobre la Palabra de Dios para que no lleguemos a pasar por ese sufrimiento. Dios no juzga a nadie, cada uno toma en sus manos su destino, cada uno es responsable, aunque a la gente no le guste decir que es responsable, cada uno es responsable de su decisión no puede echar siempre la culpa a los demás. Tenemos que tomar en nuestras manos la decisión para no llegar a pasar, como dije antes, por esto que le pasó al rico, llegar a buscar una gota de agua que moje nuestra lengua. Amén.