"La Fe"

por San Juan Kronstadt (+1908)
 

El corazón que no cree que Dios pueda concederle lo que pide recibirá su castigo: está agobiado y oprimido por la duda. Que la sombra de la duda no venga irritar a Dios Todopoderoso, tú lo sabes especialmente, ya que has experimentado ya tantas veces el poder de Dios.  La duda es una blasfemia, una ilusión descarada del corazón o del espíritu mentiroso que se esconde en el corazón y se opone al espíritu de la verdad. Témele como temerías a una serpiente venenosa, o más, mejor dicho, desprécialo, no le concedas absolutamente ninguna atención. Acuérdate que Dios, cuando rezas, espera que contestes afirmativamente la pregunta que te hace interiormente: “¿Creéis que puedo yo hacer esto?” (Mt. 9, 28). Debes contestar esa pregunta desde el fondo de tu corazón: “¡Sí, Señor!”.

He aquí lo que te puede también ayudar a superar la duda o la incredulidad: primero, pide a Dios algo que ya existe, nada de imaginario o quimérico; - todo lo que existe tiene su origen en Dios, porque “sin Él no se hizo nada de cuanto hay” (Juan 1, 3); en consecuencia, nada de lo que se produce no lo es sin su consentimiento. Toda cosa, o bien recibe de Él su existencia, o bien se produce según Su voluntad o Su permiso, gracia a los poderes y las facultades que Él había dado a sus criaturas; en todo lo que es, en todo lo que se hace también, Dios es un Maestro todopoderoso. Más bien, Él “llama a lo que es lo mismo que a lo que no es” (Rom. 4, 17). Por eso, si pidiera aun algo que no existe, Él puede crearlo para dármelo.
Después, pide a Dios algo que sea posible, porque todo lo que nos es imposible es posible a Dios. Aquí también, no hay ninguna dificultad, porque Dios puede hacer para mí lo que, a mis ojos, es imposible. La desgracia es que nuestra fe está molesta por la miopía de nuestra razón, esta araña que agarra la verdad en la telaraña de sus razonamientos, argumentaciones y comparaciones.

La fe abraza y percibe de golpe, mientras que la razón llega a la verdad por caminos indirectos. La fe establece la comunicación entre un espíritu y otro, mientras que la razón es una medida de comunicación a nivel de la inteligencia sensible, y también simplemente material; uno es espíritu, el otro es carne.
Nuestra firme confianza de obtener lo que pedimos en nuestra oración se basa en nuestra certeza acerca de la misericordia y la bondad de Dios; porque es Dios de bondad y de misericordia, Amante de la humanidad. Por eso es bueno acordarnos, en ese momento, las múltiples experiencias que tenemos de la misericordia y de la bondad de Dios hacia los hombres (en la Biblia y en la vida de los santos) y hacia nosotros mismos. Además, para que la oración sea eficaz, es imprescindible que el que reza crea firmemente, con todo su corazón, que haya obtenido de Dios lo que le había pedido anteriormente. Obtenemos de la oración a menudo lo que habíamos pedido, especialmente cuando esto concierne a la salvación del alma; es totalmente necesario que atribuyamos eso a Dios, a su gracia, y no a la casualidad. ¿Cómo podría existir la casualidad en el reino de Dios todopoderoso? Nada puede producirse sin su consentimiento, y “sin Él no se hizo nada de cuanto ha” (Juan 1, 3).
Mucha gente no reza porque cree no haber recibido nada de Dios, o porque considera que la oración es inútil. Dios, dicen, sabe lo que necesitamos sin que haya necesidad de pedírsela, olvidan que “pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se abrirá” (Mt. 7, 7).
La oración de pedido es necesaria precisamente para fortalecer nuestra fe, por la que, sólo, podemos ser salvados. “Pues de gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no os viene de vosotros, es don de Dios” (Efesios 2, 8). “¡Oh mujer, grande es tu fe” (Mt. 15, 28). Por eso, pues, el Señor quería que la mujer pida con insistencia, para despertar su fe y fortalecerla.
Esa gente no se da cuenta que no tiene fe - la herencia más preciosa del cristiano, que le es tan indispensable como la vida misma -, que “lo hacen mentiroso” (I Juan 1, 10) por su incredulidad, que son los hijos del diablo, indignos de todas las misericordias de Dios, y que van hacia su perdición. Ocurre también que, durante la oración, nuestros corazones arden del deseo de los bienes espirituales, arden del amor hacia Dios, y que nos representamos vivamente su inmensa bondad hacia los hombres, y su voluntad de escuchar todas nuestras oraciones con un cariño paternal. “¡Sí, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos! ¡Cuanto más vuestro Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a quien se las pide!” (Mt. 7, 11).
La gente ha perdido la fe, o porque ha perdido completamente el espíritu de oración, o porque no lo ha adquirido nunca; en una palabra, porque no reza. El príncipe de ese mundo tiene toda la libertad para actuar en el corazón de esa gente; se vuelve su maestro. No han pedido y no piden la gracia de Dios (porque los dones de Dios se conceden solamente a los que los piden y los buscan), por eso, sus corazones, corruptos por naturaleza, se secan, privados del rocío vivificador del Espíritu Santo; y por último, están tan secos que se encienden y arden en la llama infernal de la incredulidad y de las pasiones. Y el demonio sabe como arden las pasiones que mantienen ese fuego terrible; triunfa a la vista del desastre de esas almas pobres, rescatadas por la sangre del que pisoteó el poder de Satán.
Como una madre enseña a caminar a su hijo, así también el Señor nos enseña a tener una fe viva. La madre pone a su hijo de pie, lo deja un momento y luego le dice que vaya hacia ella. Cuando la madre lo deja, el niño llora; quiere irse hacia ella para alcanzarla, pero no tiene coraje para moverse; intenta caminar, hace un paso y cae. De la misma manera, el Señor enseña al cristiano a tener fe en Él (porque la fe es un camino espiritual).
Nuestra fe es muy débil, tan débil como el niño que empieza a caminar. El Señor retira al hombre su ayuda, le abandona al demonio y a todo tipo de desgracias y de aflicciones, y luego, cuando el hombre siente muy vivamente la necesidad de la salvación, la necesidad de estar liberado (porque, mientras no sentimos la necesidad de la salvación, no estamos listos para ir hacia Él), nos ordena mirarlo (tenemos absolutamente que mirarlo) e ir hacia Él para ser salvados. El cristiano trata de hacer eso, abre los ojos de su corazón (tal cual el niño mueve su pie para dar el paso), intenta ver al Señor, pero su corazón, que no ha aprendido a ver a Dios, tiene miedo de su propia audacia, tropieza y cae. El enemigo y nuestras manchas innatas cierran los ojos apenas abiertos y los apartan de Dios, de tal modo que no puede acercarse a Dios, aunque Dios esté muy cerca, listo para tomarlo en sus brazos; solamente, es por la fe que hay que acercarse de Dios, y hay que esforzarse para verlo únicamente con los ojos espirituales de la fe. Entonces, Dios mismo extenderá su mano para socorrerlo, abrazar al hombre y alejar a los enemigos. El cristiano, pues, experimentará que está en los brazos del Salvador. ¡Gloria a tu bondad y tu sabiduría, Señor!
Así, en cuanto el demonio se ensañe con nosotros, y también en toda aflicción, debemos mirar atentamente, con los ojos de nuestro corazón, al Señor, amante de la humanidad, como si fuera ante nosotros; mirarle con seguridad, como si mirásemos a un tesoro inagotable de bondad y de misericordia, y pedirle con todo el corazón que nos haga partícipes de esta fuente inagotable de bendiciones y de socorro espiritual; y obtendremos inmediatamente lo que pedimos. Lo esencial es la fe - o sea ver al Señor con los ojos espirituales del corazón - y la esperanza de recibir todo de Él, el muy Misericordioso, el Verídico. Es la verdad. Yo hablo por experiencia. El Señor todavía nos enseña de esta manera a reconocer nuestra extrema impotencia moral sin Él, para arrepentirnos en una disposición religiosa del espíritu.
Hay absolutamente que nosotros los hombres tengamos una fe profunda, porque la luz de nuestra inteligencia es muy limitada y no puede abrazar vastas claridades mentales, mientras que el Señor nuestro Dios es luz infinita, y el mundo es un abismo de su todo-potencia (poder) y sabiduría; en nosotros mismos, hay una gota de su poder y de su sabiduría, porque es todo lo que puede contener nuestra carne perecedera.
Cuando el enemigo afecta tu corazón con la incredulidad, referente a una palabra del Señor, y te hiere, dile interiormente: cada palabra de mi Señor Jesucristo es vida para mí. El veneno de la incredulidad será expulsado de tu corazón y tu alma será tranquila y ligera. Si estás turbado en cuanto a una palabra, un precepto, un hecho o un rito de la Iglesia replica interiormente al enemigo lo que el Señor dijo sobre la Iglesia: “Cuando viniera aquel, el Espíritu de verdad, os guiará (o sea la Iglesia fundada y predicada por los apóstoles, y principalmente por los pastores y padres) hacia la verdad completa” (Juan 16, 13), y cree firmemente que, según la promesa del Señor, el Espíritu mora en ella eternamente y la conduce a la verdad entera, lo que significa que todo en ella es verídico y salvador. Por eso, se llama “columna y fundamento de la verdad” (I Tim. 3, 15). En los libros de la Iglesia, en las palabras de los Santos Padres, sopla el Espíritu de Cristo, espíritu de verdad, de amor y de salvación.
¡Oh santa fe! ¿Con qué palabras e himnos podría glorificarla bastante por las infinitas gracias espirituales y corporales de las cuales me has colmado, por todas las obras que has cumplido y cumple en mí, por haberme dado la paz y liberado de la confusión, de una opresión amarga, por haberme dado la luz espiritual y liberándome de la oscuridad de las pasiones, por haberme dado el poder y la nobleza espiritual y liberándome de la esclavitud espiritual, por haberme dado la santidad y liberado de la maldad, la envidia, la propia voluntad, del empeñarse, de la fornicación, y de toda corrupción espiritual? ¡Gloria a ti, mi Señor y Bienhechor, por los siglos de los siglos! ¡Que todos los pueblos y todas las razas de la tierra vengan al conocimiento de la fe, y que puedan así glorificarte de un solo corazón y una sola boca, de oriente a occidente. Amén.