Domingo 14 de septiembre - Tono y Eotina de la Cruz
Domingo de la exaltación de la Cruz
El Credo Confesión de fe
Llegamos a la parte del Credo que habla del
Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.
El Espíritu Santo recibe el título de Señor con Dios el Padre y Cristo el
Hijo. EL es Eterno, No Creado y Divino; existe siempre con el Padre y el
Hijo; perpetuamente adorado y glorificado con Ellos en la unidad de la
Santa Trinidad.
De la misma manera que el Hijo, nunca hubo un momento en el que el Espíritu Santo no existía. El Espíritu está antes de la creación. El procede de Dios, en una procesión eterna, sin tiempo. Procede del Padre en la eternidad, como lo remarca el Evangelista San Juan (Juan 15:26). La Doctrina Ortodoxa confiesa que Dios el padre es el origen y fuente eterna del Espíritu, tal como es fuente para el Hijo. Sin embargo, el Hijo es engendrado, y el Espíritu Santo procede de Él. Aquí encontramos una diferencia con la confesión de fe de la Iglesia Católica Romana, pues para ellos, el Espíritu procede del Padre y del Hijo. Esto crea una controversia, y fue uno de los puntos principales que produjo la división de la Iglesia Católica a mediados del siglo XI.
Con la afirmación de la divinidad del Espíritu Santo, y la necesidad de adorarlo y glorificarlo con el Padre y el Hijo, la Iglesia Ortodoxa afirma que la Realidad Divina es la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo es esencialmente Uno en Su existencia eterna con el Padre y el Hijo, y así, en cada acción de Dios hacia el mundo el Espíritu Santo necesariamente participa.
También es el Espíritu Santo quien inspira a
los santos a hablar la palabra de Dios y hacer Su Voluntad Divina. Unge
los profetas, sacerdotes y reyes del Antiguo Testamento; y “en el
cumplimiento de los tiempos” es este Mismo Espíritu quien “desciende y
permanece” con Jesucristo, haciéndolo el Mesías (ungido) de Dios y
manifestándolo al mundo. Así, en el Nuevo Testamento, en la primera
manifestación de Cristo como el Mesías (Su bautismo en el Jordán), se
revela el Espíritu Santo descendiendo y posándose sobre Él en forma de una
paloma (Juan 1:32; Lucas 3:22; Mateo 3:16; Marcos 1:9). Jesús comienza su
obra pública, después de Su Bautismo, e inmediatamente se refiere a la
profecía de Isaías que dice: “El Espíritu del Señor está sobre mi…'
(Isaías 61:1; Lucas 4:18).
En el día de Pentecostés el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos
de Cristo en forma de “lenguas como de fuego” con un sonido “de un viento
recio” (Hechos 2:1). La venida del Espíritu Santo en aquel día marca el
cumplimiento de la misión terrenal mesiánica de Cristo y el comienzo de la
Iglesia Cristiana. Es el cumplimiento de las profecías del Antiguo
Testamento (Joel 2:28; Jeremías 31 al 33; Isaías 11:42, 44, 61).
La Iglesia Cristiana vive por el Espíritu Santo. Solamente el Espíritu Santo es la garantía del Reino de Dios sobre la tierra. El es la única garantía de que la vida, la verdad y el amor de Dios permanecen con el hombre. Todas las acciones de Dios hacía el hombre y el mundo son del Padre, mediante el Hijo (Verbo Dios) en el Espíritu Santo; y todas as capacidades del hombre para responder a Dios se encuentran en el mismo Espíritu Santo, mediante el mismo Hijo, al mismo Padre.
El Espíritu Santo es Vivificador. Él es quien “vivificará también vuestro cuerpos mortales porque mora en vosotros” (Romanos 8:11)
El Espíritu Santo guía a todos aquellos que buscan su ayuda: “Pero cuando venga el Espíritu de Verdad, él os guiará a toda la verdad…” (Juan 16:13) San Pablo afirma que el Espíritu Santo confirma nuestra calidad de hijos de Dios: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el Espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: Abba, Padre” Y también: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:14-15; Gálatas 4:6)
Nosotros, como verdaderos hijos de Dios,
debemos manifestar en nuestras vidas las virtudes (frutos) divinas del
Espíritu Santo (Gálatas 5:22-25; 6:8)
Tomas Hopko, La Fe Ortodoxa
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Tropario de la Exaltación de la Santa Cruz - Tono 1 |
Kondakio de la Exaltación de laSanta Cruz - Tono 4 |
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Salva, Señor, a Tu pueblo y bendice Tu heredad; concediendo a los cristianos ortodoxos victoria sobre los enemigos. Y protege por Tu Cruz a Tu comunidad. |
Oh Tú, que por Tu propia voluntad, fuiste levantado sobre la Cruz, concede Tu compasión a Tu nuevo pueblo llamado por Tu Nombre, oh Cristo Dios. Alegra con Tu poder a nuestros fieles gobernantes, dándoles victoria sobre sus enemigos. Que les sea Tu Cruz un arma de paz y una victoria invencible. |
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Isodikon |
En lugar del Trisagio se canta: |
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Exaltad al Señor, nuestro Dios y postraos ante el estrado de Sus pies. Porque Él es Santo. Sálvanos, oh Hijo de Dios, que fuiste crucificado en corporalmente para nuestra salvación, a nosotros que Te cantamos: Aleluya. |
Ante Tu Cruz, oh Señor, nos postramos; Y Tu santa Resurrección
glorificamos. |
Prokimenon: Exaltad al Señor, nuestro Dios y postraos ante el estrado de
Sus pies.
Verso: El Señor reina, tiemblen todos los pueblos
Lectura
de la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios (1: 18-24)
Hermanos: La predicación de la Cruz
es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan - para
nosotros - es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la
sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los
inteligentes. ¿Dónde está el sabio?¿Dónde el docto?¿Dónde el sofista de
este mundo?¿acaso no entonteció Dios la sabiduría de este mundo? De hecho,
como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina
sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la
predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan
sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los
judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos
que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
Lectura del Santo Evangelio según San Juan (19: 6-11, 13-20, 25-28, 30)
En aquel tiempo: Cuando vieron a Jesús los sumos sacerdotes y los
guardias, gritaron. “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Les dice Pilato: “Tomadlo
vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en él.” Los
judíos le replicaron: “Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe
morir, porque se tiene por Hijo de Dios.” Cuando oyó Pilato estas
palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar al pretorio y dijo a
Jesús: “¿De dónde eres tú?” Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato:
“¿A mí no me hablas? ¿ No sabes que tengo poder para soltarte y poder para
crucificarte?” Respondió Jesús: “No tendrías contra mí ningún poder, si no
se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene
mayor pecado.” Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó
en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el
día de la preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los
judíos: “Aquí tenéis a vuestro Rey.” Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera!
¡Crucifícale!” Les dice Pilato: “¿A vuestro Rey voy a crucificar?”
Replicaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que el Cesar.”
Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús,
y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en
hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con él a otros dos, uno
a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la
puso sobre la cruz. Lo escrito era: “Jesús el Nazareno, el Rey de los
judíos.” Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde
había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad, y estaba escrita
en hebreo, latín y griego. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la
hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús,
viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su
madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Luego dice al discípulo: “Ahí tienes
a tu madre.” Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se
cumpliera la Escritura, dice: “Tengo sed.” Había allí una vasija llena de
vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y
se la acercaron a la boca. Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: “Todo está
cumplido.” E inclinando la cabeza entregó el espíritu. Los judíos, como
era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz
el sábado porque aquel sábado era muy solemne- rogaron a Pilato que les
quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y
quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al
llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas,
sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al
instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio
es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis.
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Salutaciones
Damas de la Santa Cruz |
Para que puedan seguir manifestando en cada acción y en cada obra, el
amor a Dios y a Su santa Iglesia. |